jueves, 2 de diciembre de 2010

RAÍCES BÍBLICAS DE LA ACCIÓN ECLESIAL

1. La acción de la Iglesia desde el marco bíblico
a) Posibles caminos para estudiar la relación entre las Escrituras y la acción de la Iglesia
b) La doctrina del “cuádruple sentido” de la Escritura y el papel de la teología pastoral
c) El contexto bíblico de la acción eclesial y de la “teología pastoral”
2. La trilogía “Profeta-Rey-Sacerdote”
a) La trilogía en la Escritura y los Padres de la Iglesia
b) Las tres funciones o “munera” a partir de la época medieval
3. El cuidado de Dios por su Pueblo y la figura del Buen Pastor
a) Dios, Pastor de Israel
b) Jesús, Buen Pastor
4. Jesucristo, Enviado del Padre, y la Iglesia evangelizadora
a) El obrar de Jesús

b) La evangelización, misión de la Iglesia participada de Cristo por medio del Espíritu Santo

c) El establecimiento del Reino, inseparable de Cristo y de la Iglesia


La renovación teológica que preparó el Concilio Vaticano II fue también una renovación bíblica. Estas páginas se preguntan por las raíces bíblicas de la acción de la Iglesia, que la han llevado, junto con la acción siempre fecunda del Espíritu Santo, a la comprensión de su quehacer en la perspectiva del obrar divino. Hoy se ve conveniente redescubrir la vida y la acción de la Trinidad como fundamento constante de la acción eclesial. Este redescubrimiento parece importante a la hora de fundamentar la teología pastoral, entendida como teología de la acción eclesial[1].
Comenzamos aludiendo a la relación entre las Sagradas Escrituras y la acción eclesial, cuyo estudio ofrece diversas posibilidades.
Entre los caminos que pueden tomarse para el análisis de la acción eclesial desde su raíz bíblica se encuentra la trilogía “Profeta-Rey-Sacerdote”. Esta perspectiva, concebida en un sentido simbólico y orientativo más que sistemático, viene dando desde el Vaticano II muestras de su fecundidad teológica, espiritual, y también canónica y pastoral. De ello nos ocupamos en un segundo apartado.
Nuestro tercer apartado se centra en la imagen del “Buen Pastor”, con la que Jesús quiso expresar su acción salvadora, tomando pie de la revelación veterotestamentaria que presentaba a Dios como “pastor” de su Pueblo.
Finalmente afrontamos de modo más general el obrar de Jesús, tal como Él lo comprende, lo realiza y da a participar a los cristianos. La Iglesia nace y actúa con la fuerza de la vida de Cristo participada por medio del Espíritu Santo, y de esa manera es germen e instrumento del Reino.






1. La acción de la Iglesia desde el marco bíblico

Pueden señalarse al menos tres modos de acercarse teológicamente a la relación entre la Biblia y la acción eclesial[2]:
a) El Concilio Vaticano II vio la Escritura como “alma de la teología” (DV 24). Toda reflexión teológica necesita en su origen y desarrollo de la unidad y la dinámica que la Palabra de Dios imprime en la fides quaerens intellectum.
b) La relación entre las Sagradas Escrituras y la teología pastoral puede explorarse de modo más específico analizando cómo presenta la Escritura la acción de la Iglesia o cuáles son los presupuestos de esa acción según la Revelación divina. Es bien sabido que ya en el Antiguo Testamento, el Pueblo de Dios como tal, y no sólo los justos tomados individualmente, estaba llamado a ser la vanguardia de un mundo nuevo en el horizonte de la Alianza.
c) En tercer lugar se plantea la cuestión del “uso” de las Escrituras en la pastoral y en el apostolado de la Iglesia (pastoral bíblica, formación bíblica, etc.), particularmente en la catequesis. El uso de la Biblia en la catequesis debe llevarse a cabo sobre la base de una lectura antropológico-teocéntrica, fiel tanto al texto bíblico como a los hombres en su existencia concreta cultural y eclesial[3].
Interesa aquí sobre todo la segunda perspectiva, como base para la fundamentación de la disciplina teología pastoral. La acción del Pueblo de Dios y, en último término, la misión de la Iglesia se va dibujando como respuesta a la acción de la Trinidad. En último término la “verdad” que enseña la Escritura se ordena al Misterio de la salvación realizado en Cristo[4].
Pero antes de continuar, y sin perjuicio de volver más adelante sobre ellas, cabe referirse a las otras dos perspectivas: la “lectura” de la Biblia y la Escritura como “alma” de toda la teología.
Podría decirse que entre las acciones del creyente que la Escritura valora, destaca la escucha de la Palabra de Dios. Esa escucha se dirige al encuentro personal con Jesús, donde desemboca el anuncio del cumplimento de las promesas del Antiguo Testamento. Por eso la lectura creyente de la Escritura es inseparable de la oración, mediante la cual el Espíritu Santo, que inspiró las Escrituras, enseña al cristiano, le interpela y conduce al Señor. Al mismo tiempo el Espíritu unifica y vivifica el Pueblo mesiánico (cfr. LG 9), por lo que el texto sagrado ha de ser leído en su integridad y “en la Iglesia” (cfr. 2 Pe 1, 20-21). Ese “contexto” es determinante para configurar, en el cristiano que escucha la Palabra, unas determinadas actitudes: la humildad y la docilidad, la memoria de los dones divinos, la compasión y la obediencia, que son ya disposiciones para la acción del que quiere conducirse y vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.
  Entre las actitudes de ese cristiano que desea vivir conforme a cuanto la Palabra de Dios le propone, está la de pensar su fe, de modo que los contenidos en gran medida razonables de esa fe, que nunca pueden ser agotados ni explicados por la sola razón, vayan haciéndose vida e impulsando su acción. Y ello, no sólo como cristiano singular sino también como miembro de la familia de Dios y del Cuerpo (místico) de Cristo, como piedra viva del Templo del Espíritu. De esta manera la Escritura debe constituir en el cristiano, y no sólo en el teólogo académico o profesional, como el “alma” de esa actitud teológica fundamental que le lleva a procurar comprender la fe, para vivir de la fe y propagarla con la vida y la palabra.


a) Posibles caminos para estudiar la relación entre las Escrituras y la acción de la Iglesia
En concreto, los autores que estudian la relación entre las Escrituras y la acción de la Iglesia señalan cinco “vías” para su estudio[5]:
1. La unidad del contenido de la Escritura. La acción de la Iglesia se va comprendiendo a partir del obrar de Dios. Según la Biblia, el obrar divino abarca todos los acontecimientos, tanto los sencillos y cotidianos como los extraordinarios, los visibles y los ocultos, los religiosos y los “profanos”. Dios obra sobre todo en el corazón del hombre. El obrar divino se inserta en un mensaje, cuyo centro es el anuncio de que el Verbo se ha hecho carne y se ha entregado por la salvación de los hombres.
La unidad de la Biblia es un criterio de lectura eclesial (analogía de la fe) junto con la Tradición viva de la Iglesia (cfr. DV 12), porque el Espíritu Santo obra en unidad con el Verbo desde la creación, y esa actividad se intensifica a partir de la Encarnación en la vida de Jesús, de modo que la acción del Espíritu permanece junto con la de Jesús en la Iglesia. El Espíritu es quien inspira la Escritura, unifica y vivifica la Iglesia y también habita en el cristiano, impulsándole a un obrar coherente con su fe.
En buena parte la unidad de contenido de la Escritura está atestiguada por la categoría de la Alianza[6]. En ella se expresa la búsqueda amorosa de Dios por su Pueblo, que culmina en el Misterio de la Pascua de Jesús. Por su comunión con el Misterio pascual, el cristiano queda capacitado para actuar prestando su colaboración a la salvación. El centro y la unidad de la teología neotestamentaria se pueden resumir en el kerygma: el anuncio de la muerte y la resurrección de Jesús[7].
2. La división literaria, teológica y canónica de los libros sagrados. Tanto las divisiones literarias y teológicas –sobre todo la distinción en dos grandes etapas: Antiguo  y Nuevo Testamento, y dentro de cada una de ellas las diversas periodizaciones temáticas[8]‑ como las canónicas –la clasificación del Antiguo Testamento en libros históricos, proféticos y sapienciales‑, conducen a situar la Historia de la salvación[9] en torno al centro del Misterio de Cristo, Palabra definitiva de Dios que trae la luz y la vida al hombre y a la sociedad.
Este carácter salvífico del mensaje cristiano y la centralidad de Cristo en el designio de la Trinidad implican que toda la teología tiene necesariamente una dimensión espiritual y pastoral, que hoy conviene poner de relieve[10].
3. La teología bíblica y la teología de la historia. La unidad fundamental del contenido bíblico no contradice la variedad de interpretaciones ‑temas, conceptos y acontecimientos que se subrayan‑, experiencias y situaciones, así como la diversidad de los personajes que se presentan en los textos. Lo decisivo es el encuentro personal con Dios.
En esa red de interpretaciones van surgiendo algunos principios o constantes que informan el mensaje de la Escritura y perfilan una “fundamental” teología de la historia que contribuye a iluminar el conjunto[11]: la iniciativa de Dios que busca con amor al hombre; la responsabilidad del hombre y su libertad que le sitúa ante la fidelidad a Dios o el pecado; la salvación que se da en una historia con la mediación necesaria de la comunidad; la Palabra de Dios que pide ser encarnada en las realidades humanas por medio de una economía sacramental que comunica el Misterio Pascual a cada persona; la imitación y el seguimiento de Cristo que requieren una pedagogía; el designio divino de salvación que es universal, se realiza por medio de diversas etapas o acontecimientos y tiene una dimensión cósmica (afecta a todo lo creado); el Espíritu Santo que, respetando el ritmo histórico, va esclareciendo la conciencia de los creyentes con el fin de ayudarles a comprender y secundar la voluntad divina[12].
4. El “hombre bíblico”. Es importante asentar las bases de la antropología bíblica, sin la cual no podría comprenderse el obrar de Dios en el hombre con los dinamismos que imprime en orden a la salvación[13].
En la visión bíblica del hombre destaca la iniciativa y el don del amor de Dios. Por parte del hombre transformado por Dios, señala las respuestas de la escucha y la obediencia, la oración y el testimonio. La experiencia creyente se manifiesta como una nueva vida que afecta al corazón (dimensión intelectual y volitiva), las entrañas (dimensión afectiva), la boca (dimensión racional) y las manos (dimensión operativa), y se dirige globalmente al amor.
La relación con Dios instaura unas relaciones nuevas desde el interior del creyente que afectan a todo lo que le rodea. Su ser pleno de “imagen de Dios” radicado en Cristo se expresa en las relaciones con los otros, también en las relaciones entre varón y mujer. Esa fraternidad vivifica y promueve ante todo la edificación de la Iglesia. La libertad de los hijos de Dios caracteriza su papel en la historia y su responsabilidad en el mundo.
5. Las constantes del obrar creyente en el Antiguo Testamento y en las comunidades apostólicas. En la Biblia, la acción del creyente se enfoca, como se va viendo, a partir de la iniciativa de Dios, que quiere instaurar con los hombres un ámbito de intimidad y comunión[14]. En el comienzo del Génesis esa comunión se simboliza en el ralato de la creación del mundo, particularmente del varón y la mujer, y el encargo que se da al hombre de desarrollar el mundo por medio de su trabajo. Con la vocación de Abraham (cap.12) se abre un escenario nuevo caracterizado como un servicio distinto a la humanidad, que traerá consigo una bendición para todos los pueblos de la tierra (v. 3b), y se prolonga con el servicio a la fe de María, Juan el Bautista, los apóstoles y los discípulos.
En la relación entre Dios y Abraham (cfr. Gen, caps. 15 y 17) se vuelven a proponer explicitados los elementos fundamentales que constituirán la Alianza con el Pueblo de Dios: la Palabra, el culto y el servicio a la humanidad (amor efectivo). Esos elementos se perfeccionan con el obrar de Jesús (cfr. Mt 28, 16-20): Jesús se dirige a sus discípulos, que se habían postrado ante Él (vv. 17s), y les da el mandato de “hacer discípulos”, bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (v. 19), tarea que se completa con un servicio: enseñándoles  a “guardar todo lo que os he mandado” (v. 20)[15]. No se trata sólo de unas tareas que Jesús encarga a los apóstoles, sino que son, al mismo tiempo, signos de Su presencia entre ellos (cfr. Mt 10, 40; 18, 20; 26, 26s; 28, 20)[16], prueba de que Cristo, el Ungido del Padre con el Espíritu, sigue siendo el “agente” principal en la Iglesia. Esas tres tareas fundamentales y significativas –Palabra, culto, servicio‑ aparecen constante e inseparablemente en la vida de todos los cristianos[17], que manifiesta y extiende la comunión con Dios en las demás personas y en el mundo.


b) La doctrina del “cuádruple sentido” de la Escritura y el papel de la teología pastoral
Por otra parte, desde los Padres de la Iglesia y de manera más sistemática en la época medieval, se fue configurando un esquema interpretativo de la Escritura, que está en la raíz de la hermenéutica posterior: la doctrina del “cuádruple sentido”. Aunque no faltan quienes le atribuyen un valor escaso o meramente práctico, de hecho constituyó el criterio para determinar tanto las disciplinas teológicas como las reglas de la predicación. Hoy debe asumirse no mecánicamente –muchos textos de la Escritura carecen de los “cuatro sentidos”‑ sino en su valor conjunto.
El Concilio Vaticano II impulsó a interpretar “la letra” de los textos en unidad con su significado espiritual. Dicho de otra manera, el sentido de los textos sagrados debe situarse en el marco unitario de la Escritura, de la Tradición de la Iglesia y de la analogía de la fe. Es así como la Escritura puede alimentar y renovar continuamente la vida cristiana[18].
En la interpretación de la Escritura, desde Orígenes se distinguen dos sentidos principales, correspondientes a la “letra” y al “espíritu”: el literal o histórico y el espiritual; y dentro del sentido espiritual, el sentido alegórico, el sentido moral y el anagógico (o escatológico)[19] .
No nos detendremos aquí en el sentido literal, significado por los palabras de la Escritura, querido por Dios y expresado por el autor humano inspirado. La exégesis ayuda a descubrirlo teniendo en cuenta el contexto histórico, los géneros literarios, etc. No hay que confundirlo, por tanto, con un “literalismo” fundamentalista.
Aunque no nos corresponde como tal el estudio de la interpretación de la Escritura, sí nos interesa ‑con el fín de esclarecer el papel de la teología pastoral‑ subrayar el sentido espiritual. Éste se descubre por signos, entre los cuales sobresalen las mismas realidades y acontecimientos que recoge el texto sagrado[20]. No hay que confundir el sentido espiritual con interpretaciones subjetivas dictadas por la imaginación o la especulación.
Dentro del sentido espiritual se distinguen tres sentidos o, mejor, aspectos, que no rompen su unidad:
a) El sentido alegórico, que se refiere a la significación de los acontecimientos en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Es la base de la perspectiva tipológica, que desarrollaron los Padres de la Iglesia, y que veía el Antiguo Testamento como sombra del Nuevo Testamento. En el transfondo de la interpretación tipológica de la Escritura está la analogía de la fe, según la cual las verdades de la salvación se corresponden e iluminan entre sí como imágenes y representaciones recíprocas. Un pensamiento simbólico de conjunto tomó cuerpo en la Edad Media, sobre todo en la teología de Hugo de San Victor y de San Buenaventura. Santo Tomás desarrolló la analogía en el ámbito de la inteligibilidad de la fe[21].
b) El sentido moral o tropológico, que remite al significado de esas realidades, en orden al seguimiento de Cristo y al obrar cristiano durante la historia (cfr 1 Co 10, 11; Hb 3- 4, 11). No se trata de una moral puramente humana, sino de la que proviene del dogma o del misterio cristiano. Bajo esta luz, los acontecimientos del Antiguo Testamento pueden interpretarse como reflejo de los procesos interiores del alma, “hija de la Iglesia”[22]. Los “misterios” de Cristo se renuevan en la Iglesia y en cada cristiano. A propósito de este sentido “moral”, cabe subrayar la dimensión eclesial de la vida cristiana, su cotidianidad (abarca todos las realidades del vivir humano “ordinario”), su finalidad (la caridad) y su apertura a la contemplación, de la que al mismo tiempo se alimenta.
Este sentido es el que más interesa a la teología práctica, que estudia precisamente el obrar cristiano, sea en perpectiva moral-espiritual, sea desde el punto de vista eclesial o “pastoral”.
c) Finalmente, el sentido anagógico, a veces llamado escatológico, sitúa ante la contemplación de esas realidades o acontecimientos que aparecen en la Biblia en la perspectiva de la eternidad (cfr. p. ej. Ap. 21, 1-22, 5).
Los tres sentidos (alegórico, moral y anagógico) pueden relacionarse con los tres aspectos del munus de Cristo (Profeta, Rey y Sacerdote), que la Iglesia y el cristiano en ella –y no sólo la Jerarquía‑ participan.
La distinción de estos sentidos y su dinámica unitaria en la Escritura ayuda a comprender cómo la salvación de Dios se realiza en la historia, encuentra en Cristo su cumplimiento, se hace presente en el mundo por medio de la vida cristiana y en el marco de la Iglesia –por medio de todo lo que la Iglesia es, cree y “hace”: en la enseñanza, en el culto y en la vida‑, y se mantiene bajo la esperanza de la plenitud escatológica.
Según la Pontificia Comisión Bíblica, la “lectura espiritual” de la Escritura, hecha en comunidad o individualmente, debe tener en cuenta tres niveles de realidad: el texto bíblico, el Misterio Pascual y las circunstancias presentes de vida en el Espíritu.
Teológicamente hablando, la doctrina del “cuádruple sentido” encuentra una particular riqueza desde una eclesiología sensible a su dimensión pneumatológica o una pneumatología que desarrolle su vertiente eclesiológica. Ambas perspectivas se encuentran actualmente en pleno desarrollo. En efecto, como hemos recordado, es el mismo Espíritu Santo el que inspira la Escritura, une y vivifica la Iglesia en torno a Cristo e inhabita el alma del cristiano. En definitiva, el sentido profundo de la Escritura gira en torno a la edificación del Cuerpo místico de Cristo. El Espíritu Santo es, por eso, el verdadero “intérprete” de la acción eclesial.

c) El contexto bíblico de la acción eclesial y de la “teología pastoral”
Como consecuencia de lo expuesto, el contexto bíblico de la acción de la Iglesia en relación con la “teología pastoral” puede sintetizarse en los puntos siguientes:
- La acción de la Iglesia se prepara desde el Antiguo Testamento y se muestra en su realizarse en el Nuevo Testamento como acción de todo cristiano. Por tanto la comprensión de la “teología pastoral” como reflexión teológica sobre la acción eclesial, se encuentra ya incoada en la Revelación bíblica, que tiene como finalidad promover la comunión con Dios en Cristo.
- Los textos bíblicos, con su marco histórico y su lenguaje, se centran en el diálogo de salvación (llamada de Dios al hombre y respuesta de éste al Amor de Dios), y requieren una interpretación adecuada en la Iglesia. Por otra parte, el diálogo de salvación entre el hombre y Cristo se expresa y realiza en la historia de modos diversos, según las condiciones y circunstancias de las personas.
- La “teología pastoral” encuentra en la Biblia una concepción del hombre (antropología bíblica) en su condición histórica ante Dios, llamado a la comunión con Él y, a partir de esa comunión, a la solidaridad más plena con los demás.
- Cabe reconocer algunas formas o dimensiones constantes en la acción de la Iglesia, atestiguadas ya desde el antiguo Israel. Se trata de formas abiertas y articuladas entre sí: el anuncio de la Palabra, la celebración de la liturgia y la oración, el servicio que se enraíza en la caridad. Un servicio que, desde el centro de la familia eclesial, se dirige a todas las personas y supone el interés por transformar la sociedad humana y el mundo que nos ha sido entregado por Dios en un ámbito de comunión.
En síntesis, la acción de la Iglesia se revela en la Biblia en un contexto que supone el valor conjunto de los diversos sentidos que la Palabra de Dios comunica (“cuádruple sentido”).
De todo ello se deduce, por una parte, que la pastoral o el apostolado cristiano deben promover el conocimiento de la Biblia, como alimento y norma de la fe. Lo que la Biblia quiere por inspiración divina enseñar y comunicar, leído en la Iglesia, determina la finalidad de la acción eclesial: la fe y la vida cristiana, como don de Dios y como tarea de servicio a la comunión. Por otra parte, el don de Dios supone una actividad potencialmente teológica en el creyente, que le lleva a pensar su fe para vivirla. La sistematización de esa reflexión, en lo que se refiere a la acción eclesial, es precisamente la teología pastoral.

2. La trilogía “Profeta-Rey-Sacerdote”

En el apartado anterior hemos visto cómo entre las formas o dimensiones constantes de la acción eclesial se destacan las que se han desarrollado como “funciones” de Cristo: sacerdotal, profética y real. El capítulo IV de la Constitución dogmática Lumen gentium  utiliza este esquema para exponer la participación de los laicos en la misión de la Iglesia.
El significado de esa “trilogía”, aplicada primeramente a Cristo (Profeta, Rey y Sacerdote), y derivadamente a la Iglesia y al cristiano, se ha puesto frecuentemente de relieve en la teología[23]. Veamos sintéticamente los fundamentos del tema a partir de la Escritura y de los Padres de la Iglesia, para examinar luego la reflexión teológica y eclesial desde la Edad Media.

  a) La trilogía en la Escritura y los Padres de la Iglesia
Aparte de algunos autores que le han restado valor[24], se ha destacado la utilidad de esa trilogía para perfilar lo que puede considerarse como “las estructuras por las cuales Dios persigue la construcción de su pueblo”, “el tipo de intervenciones por las cuales Dios realiza su autorrevelación (y) autocomunicación, con un propósito de salvación”; siendo “al mismo tiempo homogéneas y desiguales en su sucesión”, esas intervenciones “engloban al antiguo Israel, a Cristo y a la Iglesia (los ministerios, los cristianos)”[25].
En el Antiguo Testamento el Pueblo de Dios aparece, en efecto, edificado por el ministerio de los profetas, de los reyes y de los sacerdotes[26]. Ellos son los que primero han prevaricado[27], y sobre ellos cayó primeramente el juicio de Dios[28]. Los estudios sobre estas funciones veterotestamentarias revelan una tendencia a unir esas tres mediaciones. Ciertamente, el Antiguo Testamento conoce otras funciones importantes en el Pueblo de Dios (jueces, ancianos, escribas, etc.); pero estas tres son típicas, y sobre todo tienen el privilegio de haber sido objeto de una unción[29], que se aplica sobre todo al Mesías[30] (o Cristo, que en griego significa ungido). Y es que Cristo reúne en sí las funciones para las que existía unción. “Se trata de actividades puestas por Dios en su pueblo para que exista y viva según esta cualidad”[31] (ungido).
Entre los Padres que se ocupan de la trilogía a Cristo, sobresalen San Hilario, San Jerónimo ‑en sus comentarios al Salmo 132‑ y San Agustín. En la liturgia cristiana aparecen referencias en las oraciones de consagración del aceite, los ritos del bautismo y eventualmente de la confirmación, y los de la ordenación de sacerdotes y obispos.

  b) Las tres funciones o “munera”, a partir de la época medieval
En la Edad Media se alude a esas funciones, no sólo en la teología[32] sino también en las representaciones artísticas. Alberto Magno y Tomás de Aquino contribuyen a su tipificación. Éste último, desde el principio de su obra, otorga un lugar especial a los tres oficios de Cristo[33]. Entre los reformados, se reconoce a Calvino el haber hecho de los tres oficios el marco de su soteriología[34]. En la época de Trento, gracias al redescubrimiento del término “Cristo”, la trilogía aparece copiosamente entre los teólogos católicos, comenzando por el Concilio mismo[35].
Al principio del siglo XIX, la teología católica utiliza las tres funciones para distribuir las tareas en la Iglesia, identificadas frecuentemente con las de la Jerarquía. Ese modo de ver se extendió por otros dos factores: los catecismos[36] y el desarrollo de la teología pastoral como disciplina universitaria autónoma. Entre los muchos teólogos que en los siglos XIX y XX contribuyen a la recepción de la trilogía, destaca, en su aplicación a Cristo y a los cristianos, la figura de Newman[37]. En cuanto a la referencia eclesiológica, aparece en los esquemas preparatorios del Vaticano I, la encíclica Satis cognitum de León XIII (1896), y las encíclicas de Pío XII, Mystici corporis (1943) y Mediator Dei (1947)[38].
En el Concilio Vaticano II, que considera la Iglesia y su misión respecto al mundo, el esquema de los tres “oficios” se ve desde Cristo. Pero su visión engloba tanto la aplicación cristológica, como la antropológica y la eclesiológica. Por el bautismo se entra en el Pueblo de Dios, que es todo él profético, sacerdotal y real. Existe en la Iglesia una doble participación en los munera: como miembros del Cuerpo de Cristo (todos los cristianos); como representantes de Cristo-Cabeza (los ministros sagrados), que están para servir a sus hermanos mediante la potestad sagrada o espiritual (cfr. LG 18). 
  Por lo demás, es importante captar la mutua interioridad que se da entre esas tres funciones, que tiene un significado diverso según se trate de los fieles cristianos o de los Pastores. Éstos se sitúan al servicio de la misión salvadora de toda la Iglesia para el mundo.
  “En Cristo primero –señala Congar‑ y luego en la Iglesia, se realiza una serie de circumincesión: las funciones están una en la otra y se cualifican mutuamente. La realeza es sacerdotal y profética, el profetismo es sacerdotal y real, el sacerdocio es profético y real. Esto es verdadero en todo el Pueblo de Dios. Si se consideran en él los ‘poderes’ jerárquicos, se les distinguirá, ciertamente, pero para unirlos en lo que, según la Escritura, se llamará el pastoreo. La unidad de éste es requerida por la unidad de fin a la que se dirige, la participación de los hombres, e incluso del cosmos vinculado al hombre, en la salvación o en la vida divina que vienen de Cristo y del Espíritu Santo para gloria de Dios Padre”[39].
  Según el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios actualiza la misión y las funciones de Cristo por medio de una pluralidad de ministerios, encargos o servicios. Unos son ministerios en el sentido propio de la tradición teológica católica, en virtud del sacramento del orden y por eso comportan la sacra potestas, que se ejerce, por medio de los tres oficios de enseñar, santificar y gobernar. Otros servicios, la mayoría en el Pueblo de Dios, son los que llevan a cabo los fieles laicos, y, en modo diverso, los religiosos.

3. El cuidado de Dios por su Pueblo y la figura del Buen Pastor

Aunque la teología de la acción eclesial tiene un contenido más amplio que la denominada tradicionalmente “teología pastoral” –disciplina que comenzó en el siglo XVIII (S.  Rautenstrauch) como compendio de los deberes de los Pastores en la Iglesia‑, interesa subrayar el sentido que en la Escritura reviste la referencia a lo “pastoral”. Los profetas utilizan la imagen del pastor y del rebaño para exponer las relaciones entre Dios y el Pueblo elegido. Jesús se considera a sí mismo el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas[40].

a) Dios, Pastor de Israel

El tema aparece con fuerza en Oseas ‑que considera a Israel como grey o rebaño de Dios (Os 4, 16) -, y se desarrolla en Jeremías, Ezequiel y Zacarías. Jeremías aplica la figura del pastor (poimen) a los reyes de Judá, reprochándoles no haber cumplido con su deber, y anunciando que Dios dará a su pueblo otros pastores que lo apacentarán con sabiduría (Jer 3, 15; 23, 4). A través de Ezequiel, Yahveh declara que él mismo se convertirá en pastor de su pueblo (Ez 34, 11-16), y, al mismo tiempo, suscitará un pastor, especialmente elegido por Dios, el mesías davídico (34, 23; 37, 22-25). Esta figura profética adquiere un carácter especial en la época postexílica, con Zacarías, que anuncia un pastor que muere por la voluntad de Dios, instaurando en Jerusalén un cambio definitivo (Zac 12, 10; 13, 7; cfr. Jn 19, 37. El segundo texto fue citado por Jesús camino de Getsemaní: cfr. Mt 26, 31).


b) Jesús, Buen Pastor

Jesús  se declara a sí mismo, en los evangelios sinópticos, como el pastor mesiánico prometido por el Antiguo Testamento. Y lo hace a través de tres imágenes: 1) la renovación del mundo, descrita como la reunificación de “las ovejas perdidas de la casa de Israel”(cfr. Mt 15, 24; 10, 6; Ez 34), si bien se abre a todos los pueblos para reunirles en su rebaño; 2) el anuncio de su muerte y resurrección: “Está escrito:’Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas’, pero después de ser resucitado os guiaré en Galilea” (Mc 14, 27s); 3) el acontecimiento del juicio final: el Pastor-Juez separa las ovejas de los cabritos, finalizando su misión universal.
En el evangelio de San Juan (Jn 10, 1-30), Jesús contrapone la figura del buen pastor al extraño o asalariado, que huye ante el peligro, porque sólo busca su bien. Destaca la relación vital entre el pastor y el rebaño[41], que se observa también en otras imágenes como la de la vid y los sarmientos (Jn 15, 5). Jesús entrega libremente su vida por las ovejas, por su rebaño (poimne), expresión ésta que viene a ser equivalente a la ekklesia de los sinópticos; ambas se yuxtaponen en los Hechos (cfr. Hech 20, 28).
En la primera carta de San Pedro se aplican a Cristo los títulos de “pastor y obispo (episcopos) de vuestras almas” con el sentido de custodio de los suyos, y “pastor supremo” (archipoimen), en cuanto que por su autoridad llamará a rendir cuentas a sus pastores (I Pe 2, 25; 5, 3 s). En Hebreos se le considera como el “gran pastor” (poimen megas), modelo incomparable y único de los pastores, por encima incluso de Moisés (Hb 13, 20: fórmula litúrgica). Finalmente, el Apocalipsis habla del Cordero (amnos) que apacentará a los que le siguen (Ap 14, 4).
Por otra parte en el Nuevo Testamento se aplica significativamente el título de Pastores a los que presiden la comunidad cristiana: deben cuidarla, buscar a los extraviados, alejar la herejía y dar buen ejemplo (por ejemplo: Ef 4, 11; Hch 20, 28ss; I Pe 5, 3). Pedro ha sido instituido por Cristo, de modo especial, como Pastor y cabeza del grupo de los Apóstoles (cfr. Jn 21, 15-17). A ellos se les encargan las tareas de enseñar, bautizar y dirigir su Iglesia. Han de llevar a cabo el “servicio a la palabra”, la “fracción del pan” y el ejercicio de la caridad, promoviendo entre los creyentes la unidad: “un solo corazón y una sola alma” (Hech 6, 4; 2, 42; 4, 32). De nuevo encontramos las tres constantes de la acción eclesial y su fruto: la comunión. Pero conviene detenerse en el fundamento de esa comunión: el obrar de Cristo.

4. Jesucristo, Enviado del Padre, y la Iglesia evangelizadora

Jesús es el apóstol por excelencia, el ungido con el Espíritu Santo, Enviado y revelador en plenitud del Padre. Con sus palabras y gestos, con toda su vida, anuncia e introduce ya el Reino de Dios (cfr. LG 5), que se hace presente en su persona[42], y que la Iglesia tiene como misión establecer en este mundo.
a) El obrar de Jesús
En el Nuevo Testamento queda claro el modo de obrar de Jesús, que se sabe en comunión con el Padre, Enviado por Él para dar a conocer su nombre a los “suyos” (cfr. Jn 17, 6 ss). Jesús se propone como fuente de verdad y de vida para sus discípulos. Su actitud en la última cena es un signo de lo que los cristianos deben ser (cfr. Jn 13, 12-15; Lc 22, 25-27). En su Humanidad se presenta como modelo de todas las actitudes y virtudes cristianas. En su obrar asume totalmente las actitudes de quien se alimenta de la voluntad de Padre[43], llevándolas a una plenitud única, por ser el Hijo de Dios: Jesús ora, en constante diálogo de intimidad con su Padre, y esa oración antecede y acompaña todas sus acciones[44], consumándose en la Cena, en la pasión y muerte de Cruz y en la Resurrección; Jesús anuncia la salvación, siendo Él mismo la Palabra del Dios vivo[45]; Jesús ama y sirve, con todo lo que es y hace, a la misión salvadora que el Padre le ha confiado.
Movido por ese amor que se hace servicio, Jesús busca a todos; perdona, consuela y cura a los enfermos, anuncia la salvación a los pobres y necesitados, carga sobre sí el mal que amenaza a cada uno; llama particularmente a algunos, los Doce, “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar demonios” (Mc 3, 14s); les envía de hecho y finalmente les manifiesta su misión universal (Mc 16, 15-20), con el fin y potestad de proclamar la Buena Nueva, bautizar y realizar signos de la fe que actúa por la caridad. De nuevo encontramos la triple estructura de la acción eclesial: proclamación o anuncio de la fe, sacramentos, servicio (cfr. Mt 28, 16-20).
En el obrar de Jesús los cristianos aprenden a valorar y emplear el tiempo, a comprender el sentido de la historia y de sus aportaciones al bien de todos, cada uno desde su propia condición en el mundo. Como criterios centrales para la vida y la acción, se descubre la importancia que tiene la “vida oculta” de Jesús –sobre todo su trabajo en Nazareth‑, los años de su ministerio público, los acontecimientos que rodearon a su muerte y resurrección, y su inefable presencia en la Iglesia de todos los tiempos.

b) La evangelización, misión de la Iglesia participada de Cristo por medio del Espíritu Santo

El obrar de Jesús no termina de explicarse sin la acción del Espíritu Santo. En las últimas décadas la reflexión teológica ha subrayado esta presencia del Espíritu junto a Jesús. Ya en el Bautismo se reafirma su unción por el Espíritu Santo (Lc 3, 22). En Nazareth Jesús se presenta como el Ungido, enviado por el Espíritu del Señor para una misión (Lc 4, 18-21). Jesús se identifica con esa misión mesiánica: proclama la Buena Nueva con lo que dice, con lo que hace y también con lo que es; con sus palabras, con sus obras, con su persona, con toda su vida (cfr. Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi 6; Enc. Redemptoris missio 13). El Espíritu Santo le acompaña constantemente en su predicación, en sus milagros, en su oración y en su sacrificio al Padre por sus hermanos los hombres.
Pero Jesús no sólo posee el Espíritu sino que también lo da, como había prometido ya desde antes de su muerte (ver, por ejemplo, Jn 7, 37-38; 14, 26; 16, 7). Como fruto de la Cruz, entrega el Espíritu (Jn 19, 30), y confirma esa entrega durante su primera aparición en el cenáculo (Jn 20, 22). Todo ello se consuma el día de Pentecostés (Hech 2, 1 ss; 32s). Los Padres de la Iglesia llamaban a Jesús “el gran Precursor del Espíritu Santo”. De este modo, la Iglesia participa de la unción de Jesús por medio del Espíritu, que la impulsa a su misión (cfr. Hech 10; 15; 16, 6ss). Por eso el Concilio Vaticano II la llama, como hemos visto “Pueblo mesiánico” (LG 9). La evangelización, misión de la Iglesia que cumple el mandato de Cristo, es obra inmediata del Espíritu Santo, y es preparada por el Espíritu en la historia, en el interior de las personas, en las culturas y las religiones (cfr. Redemptoris missio  24-29).

c) El establecimiento del Reino, inseparable de Cristo y de la Iglesia
El testimonio y la misión de Jesús se dirigen al anuncio del Reino de Dios. Para eso se declara enviado por el Padre, de quien se recibe “lo demás” como “añadidura” (Mt 6, 33). Esa es la “Buena Nueva”: la salvación del hombre por el don de Dios[46]. Un don que comporta la alegría de conocer a Dios y ser conocido por El, de verlo y entregarse a El. Un don que incluye la liberación del pecado y del demonio, y, en consecuencia, de todo lo que oprime al hombre. Un Reino y una salvación que, al mismo tiempo, cada uno debe conquistar con esfuerzo (Mt 11 s; Lc 16, 26), a partir de un total cambio interior (metanoia): una conversión radical, una transformación profunda de la mente y del corazón (cfr. Evangelii nuntiandi 10).
Según la Constitución dogmática Lumen gentium, “la Iglesia recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios y de instaurarlo en todas las naciones, y constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra” (n. 5). Sin identificarse en el tiempo, la Iglesia y el Reino están presentes misteriosamente en la historia, y mientras dure ésta, se van purificando de los elementos que les son extraños (cfr. Mt 13, 24-30, 47-49).
La realidad del Reino se extiende, pues, más allá de los márgenes visibles de la Iglesia. La Iglesia peregrinante puede considerarse como signo e instrumento (“sacramento”) del Reino de Dios, del que constituye ya una incoación[47].
Jesucristo viene continuamente por medio de la misión y de la acción de la Iglesia a lo largo de la historia humana (cfr. Ap 2, 1), y vendrá al final de los tiempos como salvador escatológico para dar cumplimiento a todas las cosas. La Iglesia debe enraizar en Cristo cada una de sus acciones, para proponer a los hombres el encuentro con Él, fundamento de la única esperanza que puede saciar los anhelos del corazón humano[48]. La acción eclesial y los proyectos pastorales han de manifestar este cristocentrismo que surge del Evangelio[49]
Quienes acogen la Buena Nueva mediante la fe, se unen a Jesús, y constituyen una comunidad que es a la vez evangelizadora. “La tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia” (...). Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (Evangelii nuntiandi 14 s).
A lo largo de la historia se han dado interpretaciones inadecuadas de las relaciones entre la Iglesia y el Reino, que conllevan equívocos a la hora de impulsar la misión de la Iglesia y su tarea pastoral. De un lado, la tendencia teocrática a considerar la Iglesia como la encarnación del Reino. En un sentido distinto, al menos en parte, el riesgo de una visión naturalista o temporalista que disolvería a la Iglesia en la historia, al cifrar su misión en el logro de una justicia o bienestar meramente terrenos. De otro lado, el intento de reducir el Reino de Dios a una realidad meramente espiritual e interna, ajena a toda estructuración visible de la Iglesia y contraria a las  manifestaciones de lo cristiano en la vida social y pública. Más extremadamente, toda forma de milenarismo, y, sobre todo, el escatologismo, que translada el Reino al más allá de la historia, vaciando de sentido la escatología cristiana.
El Reino de Dios debe comprenderse como una realidad “pneumática”, es decir, configurada –unificada y vivificada‑ por el Espíritu Santo (cfr. Jn 3, 5), cuya fuerza creadora tiende a instaurar la soberanía de Dios en la humanidad y en el cosmos, en torno a Cristo. En Pentecostés se pone en marcha la Iglesia y con ella la “interioridad cristiana”[50]. Ésta no desemboca en un intimismo espiritualista, sino que configura el ámbito desde el cual la persona se encuentra con Dios, comunica con Él, y extiende esa comunión a los demás y en cierto sentido a las cosas mismas. Tampoco Pentecostés inaugura de por sí un programa en pos del triunfo terreno de la Iglesia como institución en el mundo.
En el corazón del hombre se forja el Reino de Dios. No porque la Iglesia nazca continuamente de nuevo a partir del hombre que se encuentra con ella[51], sino porque en el encuentro con la Iglesia, las personas renuevan aquella vida que Cristo les revela y les comunica por la acción del Espíritu. Una vida que se manifiesta a la luz del mundo, en las personas enteras –en su espíritu y en su cuerpo‑, en las culturas y en los pueblos, como germen de solidaridad y restauración universal.
El signo sacramental de que el Reino de Dios ha comenzado está representado por la Eucaristía, donde el Espíritu Santo, con la colaboración de la Iglesia, transfigura en Cristo la realidad sensible –el mundo y el trabajo de los hombres‑ como primicia de los cielos nuevos y de la tierra nueva (cfr. GS 39). Esto, que Juan Pablo II ha denominado el “carácter cósmico” de la Eucaristía, pertenece al fundamento de la secularidad cristiana[52].
El Espíritu es el que edifica el Reino en el tiempo y prepara su plena manifestación en Jesucristo. Anima a los cristianos para que vivan como hijos de Dios y liberen a la creación de las esclavitudes a que se ve sometida como consecuencias del pecado (cfr. Rom 8, 19ss.). Les impulsa mediante la virtud de la esperanza a la transformación de la historia, para hacerla conforme al proyecto divino[53]. A la vez, actúa misteriosamente desde el interior de los hombres, de las culturas y de las religiones, preparándoles para el encuentro con el Evangelio.
De esta manera, el Espíritu Santo hace germinar en el mundo las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos.



[1] Permítasenos remitir al trabajo Evolución del concepto “Teología pastoral”. Itinerario y estatuto de una Teología de la acción eclesial, en “Scripta Theologica” 32 (2000) 471-508.
[2] Cfr. P. Grelot, Exégèse, théologie, pastorale, en “Nouvelle Révue Théologique” 88 (1966) 3-13, 132-148; Sentido cristiano del Antiguo Testamento, Bilbao 1995; P. Beauchamp, Théologie biblique, en Initiation à la pratique de la téologie, vol. I, Paris 1982, 185-232; L. Pacomio, Epistemologia e didattica della Teologia Pastorale, a partire della Bibbia, en AA. VV., Problemi attuali di Filosofia-Teologia-Diritto, Roma 1989, pp. 145-179; Teologia pastorale e azione pastorale, Casale Monferrato 1992; G. Segalla, Alla ricerca di una teologia biblica, en La teologia biblica: natura e prospettive, F. Ettore (ed.), Roma 1989; G. Segalla- A. Bonora, Teología Bïblica, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Madrid 1990, 1819-1841; G. Betori, Tendenze attuali nell’uso e nell’interpretazione della Bibbia, en La Bibbia nell’epoca moderna e contemporanea, R. Fabris (a cura di), Bologna 1992, 247-291; V. Mannucci, La Biblia como palabra de Dios, Bilbao 1997.
[3]  Cfr. C. Bissoli, La Bibbia nella catechesi, Torino 1996.
[4] Cfr. P. Benoit, La verité dans la Bible. Dieu parle le langage des hommes, “Vie Spirituel” 114 (1966) 387-416.
[5] Cfr. L. Pacomio, Teologia pastorale e azione pastorale, o.c., pp. 58 ss.
[6] Cfr. W. Eichrodt, Teología del Antiguo Testamento, vol. I, Madrid 1975; A. Bonora, Alianza, en Nuevo Diccionario de Teología Biblica, o.c., 44-58.
[7] Cfr. J. Gnilka, Teología del Nuevo Testamento, Madrid 1998, pp. 488 ss.
[8] Por ejemplo, para el Antiguo Testamento, los ungidos de Yavé, las tradiciones proféticas y la sapiencial, etc.; para el NT son fundamentales tres momentos: la presencia histórica de Jesús, el tiempo de la Iglesia, el juicio final.
[9] Cfr. P. Bläser-A. Darlapp, Historia de la salvación, en H. Fries (ed.), Conceptos fundamentales de teología, II, Madrid 1966, 45-68; P. Grelot, Sentido cristiano del Antiguo Testamento, o.c.
[10] Cfr. R. Pellitero, Verdad, vida, caridad: comunión y acción de la Iglesia, en “Teocomunicaçao” 33 (2003) 789-813; vid. también el estudio La Dimensión “pastoral” de la teología y Teología pastoral, en “Scripta Theologica” 36 (2004) 215-230.
[11] Cfr. G. Segalla, Limiti e significato dell’unità e della diversità nel NT, “Rivista Biblica” 30 (1982) 435-445.
[12] Cfr. L Pacomio, Teologia pastorale e azione pastorale, o.c., p. 68.
[13] Para una visión general de la antropología bíblica, vid. A. Gelin, El hombre según la Biblia, Madrid 1966; C. Spicq, Antropología paulina, en Idem, Dios y el hombre en el Nuevo Testamento, Salamanca 1979, 166-200; F. Foresti, Linee di Antropologia veterotestamentaria, en E. Ancili (dir), Temi di Antropologia Teologica, Roma 1981, 29-98; G. Barbaglio, Hombre, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Madrid 1990, 762-783;J. M. Casciaro-J. M. Monforte, Dios, el mundo y el hombre en el mensaje de la Biblia, Pamplona 1992, 331-372, 393-504; M. Navarro, Barro y aliento: exégesis y antropología teológica de Génesis 2-3, Madrid 1993; P. Mourlon, El hombre en el lenguaje bíblico, Estella (Navarra) 1993; P. Grelot, Hombre, ¿quién eres?, Estella (Navarra) 1994; H. W. Wolff, Antropología del Antiguo Testamento, Salamanca 1997.
[14] Cfr. Y. Congar, El misterio del templo, Barcelona 1964.
[15] Vid. en línea similar, Jn 20, 19-23; Act 2, 42-48.
[16] Acerca de esas tres tareas vistas como configuradoras de la misión de la Jerarquía en la Iglesia, vid. J. Apecechea, Fundamentos bíblicos de la acción pastoral, Barcelona 1963; J. Mª Iraburu, Acción apostólica: misterio de fe, Bilbao 1969.
[17] Aunque muchos autores distinguen cuatro formas de acción eclesial –Palabra, culto, servicio y caridad‑ aquí nos referimos siempre a las tres fundamentales, puesto que la caridad cristiana es la raíz del servicio que se realiza a partir de la comunión, edificada en torno a la Palabra y el culto.
[18] Vid. en particular DV 12, 23 y 26.
[19] Vid. sintéticamente en el Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 115 ss. Ahí se recoge el dístico medieval que resume la significación de los cuatro sentidos: “Littera gesta docet, quid credas allegoria, moralis quid agas, quo tendas anagogia” (Agustín de Dacia, Rotulus pugillaris, I).
[20] Cfr. Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993),  cap. II, B, 2.
[21] En opinión de Kasper, la analogía de la fe viene a ser un reflejo nocional tanto de la estructura simbólica de la realidad como de la estructura simbólica del lenguaje. Esto hace posible que el testimonio de la Revelación en la Escritura y en la Tradición pueda interpretarse por medio de imágenes y metáforas (cfr. W. Kasper, Die Wissenschaftspraxis der Theologie, en AA. VV., Handbuch der Fondamentaltheologie, vol. IV, Freiburg-Basel-Wien 1988, 242-277, pp. 252ss).
[22] S. Ambrosio, Epist 71, n. 4: PL 16, 1241C; vid. también n. 10.
[23] Reproducimos aquí, con ligeras modificaciones, la primera parte de otro texto ya publicado: vid. R. Pellitero, Los fieles laicos y la trilogía “Profeta-Rey-Sacerdote”, en Dar razón de la esperanza. Homenaje al Profesor Dr. José Luis Illanes, Universidad de Navarra, Pamplona 2004, pp. 423-440.
[24] Aduciendo que en la Biblia se presentan muchos otros títulos cristológicos igualmente válidos para comprender y describir la existencia cristiana. Por ejemplo, H. Kraemer, R. Voeltzel, y W. Pannenberg –los tres teólogos reformados contemporáneos‑ criticaron, respectivamente, la aplicación de los “tres oficios” a los laicos, a la Iglesia y a Cristo mismo.
[25] Y. Congar, Sur la trilogie Prophète-Roi-Prêtre, “Révue des Sciences Philosophiques et Théologiques” 67 (1983) 97-115, pp. 97, 103.
[26] Cfr. Dt 17, 14-20; 18, 1-21. Para la unción de los reyes, vid. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12s; 1 R 1, 39. Para los sacerdotes, cfr. Ex 29, 7; Lv 8, 12. Para los profetas (de modo excepcional), 1 R 19, 16.
[27] Cfr. Jr 2, 8; Mi 3, 11.
[28] Cfr. Ez 7, 26s; Ne 3, 11.
[29] Para los sacerdotes: Ex 29, 7; Lv 8, 10. Los reyes: 1 S 10, 1; 16, 12s. Los profetas: Si 48, 8; 1 R 19, 16.
[30] Unción del Mesías: cfr. Is 11, 2; 61, 1; Lc 4, 16-21. 
[31] Y. Congar, a.c., p. 98. La teología toma esa trilogía en un sentido amplio, fijándose en la sustancia de las tres funciones más allá de los títulos literalmente expresados (vid. Mt 28, 19s, Jn 14, 6, etc).
[32] Algunos autores ponen las tres cualidades del cristiano en relación con los caracteres sacramentales. Tal es el caso de Alejandro de Hales y, de modo más bien alusivo, S. Buenaventura.
[33] Entre otros lugares, aparece en S. Th III, q 22 a1 ad 3; q 31 a2 sol (vid. también q7 prol).
[34] Antes de Calvino, los estudios mencionan a Osiander (1530) y sobre todo Bucer (1536).
[35] Cfr. Catecismo Romano, I, cap. 3, 7 (en la ed. crítica de P. Rodríguez, Roma-Pamplona 1989, pp. 41-43). Sobre los autores que en esa época hablan de estas tres dignidades de Cristo, en razón de su unción, o de los cristianos, vid. P. Dabin, Le sacerdoce royal des fidèles dans la tradition ancienne et moderne, Bruxelles-Paris 1950. Alfonso Salmeron (+1585) y Gregorio de Valencia (+1603) las consideran también como “oficios” en la Iglesia.
[36] En las cuestiones sobre la Iglesia se había hecho clásico que los catecismos distribuyeran la unidad de la Iglesia en tres “vínculos”: simbólico, litúrgico y social o jerárquico. Aquí ve Congar una referencia a las notas de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica (cfr. Y. Congar, a.c., p. 105).
[37] Vid. J. H. Newman, Sermon V: The Three Offices of Christ (1840) en Idem, Sermons Bearing on Subjects of the Day, London, Oxford and Cambridge 1879, pp. 52-62. Vid. también su prólogo en Idem, Via media de la Iglesia Anglicana, Salamanca 1995 (traducción de la 3ª ed. de 1877), pp. 39-98, particularmente pp. 57 ss.
[38] En esos textos se reconoce la cooperación de S. Tromp.
[39] Y Congar, a.c., p. 112.
[40] Para una síntesis, vid. P. Grelot, Pasteur, en Dictionnaire de Spiritualité, XII, 1, Paris 1984, cols. 361-372.
[41] Jesús es, al mismo tiempo respecto a la acción de la Iglesia, sujeto o agente principal, camino y “método” para el acceso, espacio vital, fuente de eficacia y finalidad de la acción (cfr. L. Pacomio, Teologia pastorale.., o.c., p. 85).
[42] Jesús es el “Reino en Persona” (Orígenes, Comm. In Mt 14, 7: PG 13, 1197).
[43] “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4, 34).
[44] Vid. p. ej., Mc 1, 35-38. La oración de Cristo se sitúa en el centro mismo de su Misterio. Vid. al respecto, más adelante, el apartado sobre oración y acción eclesial.
[45] Mateo recoge varios discursos del Señor (el Sermón de la montaña, cap. 5-7; el “discurso apostólico”, cap. 10; el discurso de las parábolas, cap. 13; el discurso con normativas para la comunidad, cap. 18; y el discurso escatológico, caps. 24s.). Lucas subraya la predicación de Jesús a lo largo de su subida de Galilea a Jesusalén (cfr. Lc 9, 51- 19, 27); Juan suele emplear como método el partir de un hecho o un encuentro para presentar las palabras de Jesús.
[46] En los evangelios sinópticos el Reinado de Dios constituye el centro de la salvación, no sólo como realidad futura, sino como realidad ya en el presente donada por Dios, que comporta las exigencias expresadas en el Sermón de la montaña.  Los sinópticos acentúan la dimensión futura de la escatología cristiana, mientras que Juan y las cartas a los Colosenses y a los Efesios subrayan la dimensión presente. Estas dos dimensiones conviven también en otros textos (cfr. J. Gnilka, Teología del Nuevo Testamento, o.c, pp. 481ss).
[47] Sobre el Reino de Dios y la Iglesia, vid. entre otros textos, P. Hoffman, Reino de Dios, en H. Fries (ed.), Conceptos Fundamentales de Teología, IV, Madrid 1967, 53-69; R. Schnackenburg, Reino y reinado de Dios, Madrid 1970; L. Bouyer, La plenitud de los tiempos y el Evangelio del Reino de Dios, en La Iglesia de Dios, Madrid 1973, pp. 296-303; A. Antón, El Evangelio del Reino y la "Ekklêsia" de Cristo, en La Iglesia de Cristo, Madrid 1977, pp. 364-387; J. Coppens, J. Carmignac, A. Feuillet, etc., Règne de Dieu, en Dictionnaire de la Bible. Supplément, 10 (1981) 1-199; A. García Moreno, Pueblo, Iglesia y Reino de Dios, Pamplona 1982; U. Vanni, Regno “non da questo mondo” ma “regno del mondo”, en “Studia Missionalia” 33 (1984) 325-358; Ch. Schönborn, L’Église de la terre, le Royaume de Dieu et l’Église du Ciel, en AA. VV., Visages de l’Église, Fribourg 1989, pp. 169-194; S. A. Panimolle, Reino de Dios, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Madrid 1990, pp. 1609-1639.
[48] Cfr. Exhortación postsinodal, Ecclesia in Europa (2003), n. 66.
[49] Cfr. Exhortación postsinodal, Ecclesia in America (1999), n. 67.
[50] Cfr. R. Guardini, La existencia del cristiano, Madrid 1997, pp. 345 ss.
[51] Así, cuando se dice que la “autorrealización” de la Iglesia o su “autoengendrarse” es el objeto de estudio de la teología pastoral, estas expresiones no deben entenderse en sentido absoluto, pues la Iglesia no nace continuamente de nuevo, sino que permanece renovándose en Cristo por el Espíritu.
[52] “Cada Eucaristía se celebra en cierto sentido sobre el altar del mundo” (Enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 8). Por eso encarnar el proyecto eucarístico (de Cristo) significa entre otras cosas, testimoniar que la realidad humana no se justifica sin referencia al creador. Una referencia que lleva a dar gracias y que no perjudica la autonomía de las realidades terrenas (cfr. GS 36), sino que la sitúa en su auténtico fundamento, marcando al mismo tiempo sus límites (cfr. Carta ap. Mane nobiscum, Domine, para el Año de la Eucaristía, n. 26).
[53] El Reino de Dios, que Jesús nos enseña a pedir en el Padrenuestro (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2816-2821), implica a los cristianos plenamente en este mundo (cfr. GS 22, 32, 39 y 45; Evangelii nuntiandi 31).

Una eclesiología de comunión y reconciliación

1. Introducción

Con alegría estamos reunidos en este ciclo de conferencias para reflexionar en torno a la auténtica gracia de Dios y don del Espíritu Santo 1 que es para la Iglesia el Concilio Vaticano II. Queremos, en esta oportunidad, renovar nuestra plena adhesión a las enseñanzas conciliares, en el firme convencimiento de que son cauce fundamental a través del cual el Espíritu busca impulsar al Pueblo de Dios a que se renueve, cooperando intensamente con la gracia, manifestando una más coherente y profunda fidelidad a su fe y dando ardorosos testimonios de vida cristiana.
En esta ocasión trataremos sobre la Constitución dogmática sobre la Iglesia, la Lumen gentium, que tiene un lugar central en las enseñanzas conciliares. Procuraremos considerar algunos de sus aspectos más importantes, tratando de poner de manifiesto algo de la enorme riqueza eclesiológica de sus planteamientos. Ésta bien puede ser llamada una eclesiología de comunión y reconciliación, para expresar hoy su sentido.
La Lumen gentium figura a la cabeza de los textos conciliares, pues hace como columna vertebral de todos ellos. La Constitución es una de las dos designadas por el Concilio como dogmáticas. La otra es la Dei Verbum, sobre la Divina Revelación.

2. Historia

Para llegar a su aprobación prácticamente unánime con 2,151 votos a favor y sólo 5 en contra, en la sesión del Concilio del 21 de noviembre de 1964, hubo de recorrerse un largo camino.
Todo empezó con los trabajos de la subcomisión De Ecclesia, que desde el 26 de noviembre de 1960 hasta el 21 de noviembre de 1962 trabaja preparando lo que se conoce como el Primer proyecto. Éste es discutido en las Congregaciones Generales 31 a 36, y recibe numerosas observaciones.
La Comisión elabora y presenta luego un Segundo proyecto y unas Emendationes recogiendo las observaciones de los Padres del Concilio, así como las pautas del Papa Juan XXIII, en su discurso del 11 de octubre de 1962, y del Papa Pablo VI, en el discurso de apertura del segundo período conciliar, el 29 de setiembre de 1963. Al revisar la propuesta se va fijando la estructura a la que se suma un capítulo especial sobre la Virgen María.
A lo largo de 1964 se va elaborando el Proyecto final incorporando pacientemente los diversos modos y abriéndose a todas las sugerencias, en un espíritu de efectiva fraternidad episcopal, en torno a la común búsqueda de la verdad que el Espíritu estaba manifestando a la Iglesia. El trabajo de síntesis en torno a la doctrina que realiza la Comisión teológica resulta verdaderamente ejemplar. Una clara muestra de ello es la presentación del capítulo sobre la Virgen realizado sobre la perspectiva tanto cristológica como eclesiológica, evidenciando el momento privilegiado de maduración y preparación para los nuevos tiempos que fue el Concilio 2 .
El 21 de noviembre de 1964 se aprueba definitivamente el texto de la Lumen gentium, en una solemne sesión, en la que el Papa Pablo VI pronuncia un memorable discurso del que destacan los hermosísimos pasajes que dedica a la Santísima Virgen, poniendo de relieve el homenaje que le hace el Concilio en la Constitución sobre la Iglesia ya aprobada, y «que tiene como vértice y corona todo un capítulo dedicado a la Virgen, justamente --sigue diciendo Pablo VI-- podemos afirmar que la presente sesión se clausura como un incomparable himno de alabanza y honor de María». Es en aquella misma ocasión, con toda la solemnidad de la sesión del Concilio, que el Papa notifica a todos los fieles cristianos: «Así, pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios» 3 . Es un momento importantísimo en la historia conciliar.

Dos hitos fundamentales

Para situarnos debidamente ante la Lumen gentium aún hace falta hacer referencia a dos importantes documentos. Uno de ellos es el radiomensaje de Juan XXIII, en vísperas del Concilio, conocido como Ecclesia Christi lumen gentium, del 11 de setiembre de 1962.
En verdad impresiona sobremanera leer retrospectivamente el contenido de este texto y correlacionarlo con los documentos del Concilio. En lo que respecta a la Constitución que estamos considerando, vale la pena recoger un párrafo de aquel radiomensaje: «¿Qué otra cosa es, en efecto, un Concilio Ecuménico sino la renovación de este encuentro de la faz de Cristo resucitado, rey glorioso e inmortal, radiante sobre la Iglesia toda, para salud, para alegría y para resplandor de las humanas gentes?» 4 . Los parámetros que pone en esta ocasión son la búsqueda de la Iglesia, como ella es, «en su estructura interior --vitalidad ad intra--, cuando presenta ante todo a sus hijos los tesoros de la fe iluminante y de la gracia santificadora» 5 ; y de la Iglesia considerada «en las relaciones de su vitalidad ad extra» 6 ante cuyas necesidades debe responder con su enseñanza 7 .
Y, junto a este texto, la programática primera encíclica del Papa Pablo VI, la Ecclesiam suam, del 6 de agosto de 1964. En ella el Papa Pablo plantea como eje prioritario de toda tarea eclesial la profundización de la Iglesia «en la conciencia que ella ha de tener de sí misma, del tesoro de verdad del que es heredera y depositaria, y de la misión que debe cumplir en el mundo» 8 . A partir de esa conciencia el Pueblo de Dios debe lanzarse hacia la renovación de sí; con el horizonte de la perfección «en su concepción ideal, el pensamiento divino, la Iglesia ha de tender a la perfección en su expresión real, en su existencia terrenal» 9 . Y desde la conciencia de sí y desde el esfuerzo por la perfección, debe ir al encuentro del mundo, no para confundirse con él sino para cumplir con su misión a través de un diálogo consciente del «anuncio que debe difundir. Es el deber de la evangelización» 10 . En este diálogo la «Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio» 11 . Las reflexiones que comparte el Papa se tornan horizonte y vida dentro del dinamismo conciliar. A treinta años de finalizado el Concilio, y cuando se habla de hermenéutica conciliar, los mensajes de los dos Papas del Concilio constituyen valiosísimos instrumentos para ahondar y mejor comprender el Concilio y su dinámica para hoy y para mañana.

3. La estructura de la Lumen gentium

La estructura de la Constitución es sumamente clara. Está dividida en ocho capítulos que forman a su vez cuatro parejas temáticas, cada una de las cuales ha sido presentada bajo la figura de las dos tablas de un díptico. Brevemente pasaremos revista a los mismos para hacernos una idea global de la Constitución.
Es importante señalar cómo ya desde la misma estructura de la Lumen gentium se percibe una opción por la comunión, la síntesis, la dinámica de la armonía y complementariedad, todo lo cual irá permitiendo la integración de la pluralidad de elementos en la unidad del Pueblo peregrino como concreción de la esencia de la Iglesia.
3.1. El primer díptico está integrado por el capítulo I que se llama El misterio de la Iglesia, centrado más en su origen y naturaleza; y por el capítulo II, llamado El Pueblo de Dios, que muestra a la Iglesia en su despliegue y peregrinar histórico en la realización de su misión.
3.2. El segundo díptico incluye el capítulo III que, titulado La constitución jerárquica de la Iglesia y en particular del episcopado, presenta la visión de la estructura orgánica de la Iglesia fundamentalmente desarrollando las notas de su constitución jerárquica. Ella es a su vez complementada mediante el capítulo IV que se llama Los laicos, completando con ello la visión de la estructura originaria querida por el mismo Señor Jesús en la visión conjunta del Cuerpo místico o Pueblo de Dios.
3.3. El tercer díptico presenta la vocación a la santidad en la Iglesia. El Concilio va a desarrollar este llamado a la perfección de la vida cristiana tanto en su dimensión universal, en la que están incluidos todos los fieles del Pueblo de Dios, en el capítulo V, titulado La vocación universal a la santidad en la Iglesia, como tratando en el capítulo VI sobre aquellos que dentro de la vocación general tienen un llamado a una especial consagración por el ejercicio de los consejos evangélicos de castidad perfecta, pobreza y obediencia, Los religiosos.
3.4. Y el cuarto díptico nos sitúa ante la perspectiva teleológica de la vida cristiana, ante la dinámica de su peregrinar y la meta a la que se dirige. Para ello en el capítulo VII, titulado Carácter escatológico de la Iglesia peregrina y su unión con la Iglesia del cielo, muestra cómo la Iglesia peregrina en la tierra pero no se agota en la historia; se proyecta desde su origen mismo hacia la plenitud que sólo alcanzará en el triunfo final de Cristo. Y finalmente el capítulo VIII en que con el título de La Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia, se muestra como una gema preciosa la iluminadora reflexión de las maternales relaciones de Santa María y la Iglesia. En ella la Madre aparece como la concreción ya realizada de toda esta dinámica eclesial recorrida en la Constitución. Precisamente sus misterios muestran paradigmáticamente el recto sentido del caminar y su meta.

4. Clave hermenéutica y piedra angular del magisterio conciliar

La Lumen gentium tiene un lugar central en el gran conjunto que constituyen las enseñanzas conciliares. Teniendo en cuenta la preocupación por comprender más y mejor el misterio de la Iglesia que recorrió como río subterráneo todas las reflexiones y trabajos conciliares, ella puede ser considerada como la clave hermenéutica de toda la doctrina conciliar 12 . El Papa Juan Pablo II recientemente la ha calificado en ese sentido como «la piedra angular de todo el magisterio conciliar» 13 .
En línea semejante se expresaba Gérard Philips, quien tuviera un destacado rol en los trabajos de redacción de la Lumen gentium: «Nadie, creemos, pondrá en duda que la Constitución del Vaticano II "sobre la Iglesia" ha de ser considerada como la piedra angular de todos los decretos publicados» 14 . No es difícil constatar cómo los diversos documentos articulan su enseñanza a partir de las líneas teológicas maestras de la Lumen gentium y cómo, a partir de su iluminación sobre la identidad de la Iglesia, se ordenan y reciben su sentido pleno 15 .
Una lectura atenta de los documentos conciliares pone rápidamente de manifiesto la centralidad de la enseñanza eclesiológica de la Lumen gentium 16 . Es elocuente en este sentido la abundancia de citas de la Constitución que hacen otros documentos del Concilio 17 . El Cardenal Henri de Lubac afirmaba que era la «columna vertebral de la obra conciliar» 18 . Justo Collantes, a su vez, la considera «el documento central del Concilio Vaticano II» 19 . Y así tantos otros que sería largo citar.

5. Iglesia, ¿qué dices de ti misma?

La preocupación central de los Papas del Concilio y de los Padres conciliares fue ciertamente la conciencia de la Iglesia sobre sí misma. No para quedarse ensimismada sino para vivir más plenamente su misterio, en sí misma como Pueblo de Dios en marcha y de cara al mundo.
Había una pregunta que resonó con gran fuerza al final de la primera sesión conciliar y que no dejará de acompañar las intensas jornadas de trabajo de las cuatro etapas conciliares: Iglesia, ¿qué dices de ti misma? Las labores conciliares encontrarán en esta pregunta una especie de marco de trabajo, el gran telón de fondo para sus reflexiones. El Cardenal Montini 20 formulará una respuesta en dos direcciones: ¿Qué es la Iglesia? y ¿Qué hace la Iglesia? --recogiendo los planteamientos de Juan XXIII y un discurso del Cardenal Suenens 21 --. Se explicitaban así las dos dimensiones de la identidad de la Iglesia en el ser y el quehacer, que serán a la postre las claves articuladoras de la enseñanza conciliar.
En primer lugar se debe destacar la exigente coherencia que lleva a la pregunta sobre la fidelidad a la propia identidad y misión. El punto de partida de esto se descubre en algo que es fundamental para el Pueblo de Dios: Ecclesia semper reformanda. La Iglesia ponía en primer lugar la consideración de la necesidad de renovarse permanentemente en su fidelidad al Señor Jesús y al designio divino 22 . Así pues, la invitación a la renovación de la Iglesia, no perfecta en su expresión humana, aunque siempre tendiendo a la perfección 23 , ofreció la oportunidad para mirarla más en profundidad, en el espejo de la Revelación, y comprender con mayor hondura su misión.
Puesto en palabras del Papa Juan XXIII: se trataba de impulsar con vigor una renovación para conseguir para la Iglesia un aggiornamento 24 --concepto que podría ser traducido al castellano como puesta al día--. Se pueden distinguir dos momentos del dinamismo que puso en marcha el Papa Roncalli. Renovación profunda que es volver a las mismas fuentes, a los fundamentos y a los valores permanentes del Evangelio, en fidelidad a la tradición viva que hemos heredado. Renovación que también libere de los elementos accidentales para salir al encuentro del ser humano de estos difíciles y contradictorios tiempos de transformaciones culturales 25 y ofrecerle la Buena Nueva, al Señor Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre 26 .
Todo esto llevó a que el proyecto del Concilio se enrumbara hacia una mejor y más plena comprensión del misterio de la Iglesia teniendo en cuenta además su relación con los tiempos actuales, en función de hacer que resplandezca con fidelidad la luz del Señor Jesús para los seres humanos en camino al Tercer Milenio. El Concilio sería planteado, en consecuencia, con una orientación más pastoral que puramente doctrinal 27 , lo que no quiere decir que no porte fundamentales elementos doctrinales. Es decir que se ensayaba una aproximación a la Iglesia ya no sólo como "objeto", sino como "sujeto". Son muy ilustrativas las reflexiones que hacía el entonces Cardenal Wojtyla sobre el particular: «La Iglesia es verdad de fe y objeto de uno de los artículos del Credo: "Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica". Si la óptica del Concilio fuera "puramente doctrinal", a lo mejor la doctrina acerca de la verdad de la fe que se refiere a la Iglesia se habría desarrollado de otra manera. Pero precisamente en este punto tenía el Concilio que ser eminentemente pastoral. No era posible tratar a la Iglesia solamente como "objeto". Era necesario expresarla también como "sujeto". Semejante intención acompañaba ciertamente la primera pregunta que se hizo el Concilio: Ecclesia, quid dicis de te ipsa?: Iglesia, ¿qué dices de ti misma? Esta pregunta dirigida a la Iglesia-sujeto, se enderezaba también a cuantos constituyen este sujeto» 28 . La Lumen gentium es la respuesta que, con el divino auxilio, el Pueblo de Dios se da a sí mismo de cara a las tareas de vivir la fe y la evangelización que presenta el mundo hodierno y el milenio adveniente.

6. Cristo, luz de los pueblos

La Constitución empieza con una confesión cristológica: «Lumen gentium cum sit Christus», «Cristo es la luz de los pueblos» 29 . Hermosas palabras que nos ponen ante la maravillosa realidad del Reconciliador. Como vemos en el Evangelio según San Lucas, Él vino «a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte» 30 , vino como la «luz para iluminar a los pueblos» 31 , pues Él es «la luz de los hombres» 32 . Y los Padres conciliares, en apertura al Espíritu de vida y verdad, manifiestan que desean «vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas (cf. Mt 16,15)» 33 .
La Lumen gentium nos sitúa de manera inmediata e incondicional ante la persona misma del Verbo Encarnado, cuya luz resplandece en la Iglesia 34 . Se pone en evidencia de esta manera que la Iglesia es "luz del mundo" en la medida en que refleja la luz que es el Señor Jesús; así, será siempre «luz en el Señor» 35 , de allí la importancia de la exhortación del Apóstol: «Vivid como hijos de la luz» 36 . De esta manera se introduce la reflexión sobre la Iglesia dentro de la consideración del designio redentor del Padre y la obra salvadora y reconciliadora del Verbo Eterno, prolongada por obra del Espíritu Santo en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.
Hay un marcado acento cristológico --que sella toda la eclesiología conciliar-- y que está presente desde el principio mismo de la Lumen gentium. El texto conciliar dice: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» 37 . Este primer párrafo de la Constitución viene a ser una suerte de clave de lectura de toda ella, e indica la orientación de fondo de su aproximación al misterio de la Iglesia.

7. Dimensión trinitaria

Junto a este acento marcadamente cristológico se debe también destacar una perspectiva claramente trinitaria 38 . La atención a la persona del Señor Jesús, el Verbo de Dios hecho Hijo de Mujer para la salvación de los seres humanos, remite inmediatamente hacia el misterio de la Santísima Trinidad y el designio redentor. Esto también queda de manifiesto en los primeros párrafos de la Lumen gentium. Después de la hermosa introducción, los siguientes tres numerales explicitan la dimensión trinitaria de toda aproximación al misterio de la Iglesia: El Plan de salvación del Padre 39 , La misión del Hijo 40 y El Espíritu que santifica a la Iglesia 41 .
A través del Señor Jesús, en Él y por Él, enviado por el Padre, quien también nos envía al Espíritu Santo, la Iglesia realiza el divino Plan de redención y reconciliación. Así como leemos en la Constitución, «toda la Iglesia aparece como el pueblo unido "por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"» 42 .

8. Llamada a evangelizar, a anunciar al Señor Jesús

La preocupación de los Padres conciliares estaba centrada en que la luz del Reconciliador resplandeciera mejor y con más fuerza en la Iglesia para que pueda irradiar al mundo entero. Así, al tiempo que reitera la centralidad del Señor Jesús, el documento dirige su atención a toda la humanidad. Todos los seres humanos están invitados a participar del don de la redención, que es la plenitud de la vida. La Iglesia, que quiere anunciar y realizar esta obra, es por naturaleza misionera 43 . Por eso desde el primer párrafo se invita a todo el Pueblo de Dios a anunciar el Evangelio del Señor, pues, como recordaba el Papa Pablo VI en esa memorable exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, evangelizar constituye «la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda» 44 .
Como señala Hans Urs von Balthasar: «Toda la esencia del mensaje conciliar queda así expresada en dos proposiciones inexorables: el ser de la Iglesia (como misión) es inseparable de su acción, y el amor de Dios vivido y anunciado es el principio de la unión de la humanidad en el espíritu de la fraternidad» 45 .

9. Una eclesiología dinámica y pastoral

La eclesiología de la Lumen gentium, y de todo el Concilio, evidencia un talante muy dinámico y pastoral.
Este talante tiene una directa relación a un doble dinamismo: vuelta a las fuentes y proyección hacia la realidad del ser humano mirando al futuro.
La vuelta a las fuentes es un aspecto fundamental. Pero debe entenderse no sólo por situarse en relación a su propio "ser", sino al despliegue de ese ser en la visión tanto "hacia adentro" como "hacia afuera" de la Iglesia. Por eso se dirige primero a quienes constituyen la Iglesia peregrina, a los católicos 46 , para luego, a partir del interior, ir dirigiéndose en círculos concéntricos hacia los cristianos no católicos 47 , y también a los no cristianos 48 .
La Lumen gentium ofrece una extraordinaria y luminosa síntesis de los variados elementos de la esencia de la Iglesia y de su desarrollo histórico, como se puede ver ahondando en la estructura de la Constitución. Precisamente eso permite constatar cómo se puede usar dicha estructura como una especie de índice guía para situar, en referencia a la Constitución sobre la Iglesia, los demás documentos del Concilio 49 .
La eclesiología que se desarrolla en perspectiva Trinitaria, Cristológica, dinámica, se vuelca en figuras e imágenes tomadas de la Sagrada Escritura 50 . Se descubre en esto la intención de recurrir al valor dinámico del símbolo para expresar la riqueza de un misterio, que como tal es inagotable conceptualmente. Las expresiones sobre la Iglesia, pues, no agotan jamás su sentido profundo.
En ese marco aparecen dos conceptos sumamente dinámicos: la Iglesia como sacramento y como Pueblo de Dios. El Cardenal Ratzinger los ha llamado «los dos conceptos clave eclesiológicos del Concilio» 51 . No obstante que el concepto de "sacramento" ocupe el lugar predominante como línea maestra de fondo de toda la aproximación eclesiológica, éste mismo necesita de la figura del "Pueblo de Dios" para que pueda ser mejor comprendido. Pero más allá parece clara la intención del Concilio de que ambos conceptos sean entendidos en forma complementaria 52 .
En ese sentido el recurso para expresar la rica realidad de la Iglesia lleva a que a la perspectiva sacramental --elemento nuclear de la aproximación eclesiológica-- se le añadan otras maneras de expresar el misterio. «El Concilio describió de diversos modos la Iglesia, como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Esposa de Cristo, templo del Espíritu Santo, familia de Dios. Estas descripciones de la Iglesia se completan mutuamente y deben entenderse a la luz del misterio de Cristo o de la Iglesia en Cristo» 53 . Entre éstas tiene un lugar especial el concepto de "Cuerpo místico de Cristo", que se expresa igualmente en la rica noción de "Pueblo de Dios" 54 , que hace presente el Reino y lo plasma históricamente en un dinamismo de concordia y de unidad de las personas y aun de los pueblos, expresando una rica universalidad, que integra armónicamente la diversidad, en la que «cada grupo aporta sus dones a los demás y a toda la Iglesia, de manera que el conjunto y cada una de sus partes se enriquecen con el compartir mutuo y con la búsqueda de la plenitud en la unidad» 55 .
La descripción del fundamento y naturaleza jerárquica de la Iglesia, y las funciones de la jerarquía, se complementan con el desarrollo de las peculiaridades del laico y de su vocación, con un horizonte integrador de su naturaleza laical en la misión común de la Iglesia, en la que cada cual participa, a partir de su condición de bautizado, según las características de su estado y función. Aparece aquí un elemento fundamental, la comunión jerárquica se define y contextualiza en la comunión de la Iglesia toda, que busca significar la Comunión de Amor, el misterio del Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios.
En relación a la realización histórica del misterio de la Iglesia se ha de vincular el llamado universal a la santidad y los llamados específicos. La sacramentalidad de la Iglesia peregrina está vinculada a este esfuerzo de cooperación al don de Dios, al trabajo por la santificación personal de sus miembros. La misma comunión y reconciliación permanente del Pueblo en peregrinación está informada por la vigencia efectiva y concreta de este horizonte de santidad en la vida de los hijos de la Iglesia.
Esa misma perspectiva de comunión de la militante Iglesia que peregrina por el mundo se descubre también en relación a la Iglesia del cielo, de manera que «la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno 56 . En efecto, así como la unión de los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios» 57 .
Y, en María, como un símbolo dinámico efectivo, el Concilio presenta la imagen de la respuesta plena a la gracia y el modelo de realización eclesial. Por ello es Madre, Maestra y Modelo de la Iglesia, a la vez que es el fruto más preciado y paradigmático entre cuantos siguen al Señor Jesús.

10. Iglesia sacramento de comunión y reconciliación

Una perspectiva especial de la Constitución se puede descubrir en el horizonte de sacramento de comunión y reconciliación.

10.1 Sacramento

Ya desde el primer número de la Lumen gentium, como hemos mencionado, la Iglesia es presentada como un sacramento. En ese pasaje que hace como de clave de aproximación a toda la Constitución, se dice: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» 58 .
Los Padres conciliares al presentar a la Iglesia como sacramento retoman un concepto de honda raíz patrística que está en perfecta consonancia con la Revelación 59 . El tema había reaparecido en los años previos al Concilio Vaticano II. Es conocido, por ejemplo, el pasaje de la memorable obra de Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, sobre el particular: «La Iglesia es un misterio, lo cual equivale a decir que es también un sacramento. Además de ser "la depositaria total de los sacramentos cristianos", ella misma es el gran sacramento que contiene y vivifica a todos los demás. Ella es en el mundo el sacramento de Jesucristo, de igual manera que el mismo Jesucristo es para nosotros, en su humanidad, el sacramento de Dios» 60 .
Cuando se afirma la dimensión sacramental en relación a la Iglesia, se afirma siempre en relación al Señor Jesús, «sacramento fundamental» 61 , a quien está referida. Su humanidad es el signo visible de la gracia que salva --puesto que es la «imagen del Dios invisible» 62 --, y es también el medio mediante el cual alcanzamos la justificación de nuestros pecados y fuimos reconciliados con el Padre 63 . En la Iglesia el Señor Jesús prolonga su presencia y sigue obrando la reconciliación de manera real. Es a partir de esta realidad que se asimila analógicamente la Iglesia al misterio de la encarnación. Así como el Señor Jesús es el sacramento del Padre, la Iglesia es análogamente el sacramento de Cristo, signo e instrumento de salvación para la humanidad 64 .

10.2 De comunión

La carta Communionis notio 65 ha puesto de manifiesto la enorme importancia que tiene el concepto de comunión para una visión adecuada de la Iglesia. «La eclesiología de comunión es una idea central y fundamental en los documentos del Concilio» 66 . Esto es especialmente notorio en la Lumen gentium en diversos pasajes 67 .
Por un lado, este concepto permite expresar tanto la dimensión vertical --comunión con Dios-- como la dimensión horizontal --comunión con los hermanos--. Es un concepto que se expresa en figura cruciforme, vertical y horizontal. Es una comunión que tiene su origen y sustento en Dios mismo, que es alimentada en la Eucaristía, que se hace visible en la vida cotidiana de los seres humanos, y es no sólo de orden moral, sino ontológica y sobrenatural.
Como señala la carta Communionis notio: «el concepto de comunión debe ser capaz de expresar también la naturaleza sacramental de la Iglesia mientras "caminamos lejos del Señor", así como la peculiar unidad que hace a los fieles ser miembros de un mismo Cuerpo, el Cuerpo místico de Cristo, una comunidad orgánicamente estructurada, "un pueblo reunido por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", dotado también de los medios adecuados para la unión visible y social» 68 .

10.3 Y de reconciliación

Venimos considerando cómo la Iglesia es signo e instrumento de la unión con Dios y al hacerlo se está afirmando que es sacramento de salvación. Pues, qué otra cosa es la salvación que la unión con Dios y la participación de su vida divina. La plenitud de la existencia del ser humano se alcanza con la recuperación de la comunión perdida con Dios. Esta comunión es obtenida a través de la reconciliación que nos trajo el Señor Jesús y que seguimos alcanzando a través de la Iglesia 69 . Ella misma nos impulsa a ser testigos de la reconciliación, buscando anunciar y testimoniar el don recibido, compartirlo y vivir coherentemente como miembros de la Iglesia, recordando que «ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios» 70 .
A su vez la Iglesia es también sacramento de unidad entre los seres humanos. Puesto esto después de la unidad con Dios, queda claro que en el Señor el género humano alcanza su unidad, más perfecta que la mera unidad de especie. Queda así también de manifiesto la fuerza del dinamismo reconciliador que nos ha traído el Señor Jesús, que abre el camino para rehacer la comunión desde su sentido más pleno, con todos los seres humanos. Así lo explicita la misma Constitución al desarrollar la figura del campo de Dios donde crece el antiguo olivo, lugar permanente de reconciliación 71 .
Como es fácil percibir, los conceptos de comunión y de reconciliación se suponen mutuamente. El paso previo para alcanzar la comunión es recomponer las rupturas. El Sínodo extraordinario sobre el Concilio Vaticano II en su Relación final --instrumento clave para comprender las enseñanzas conciliares-- los asocia explícitamente en relación a la dimensión sacramental de la Iglesia: «la Iglesia es como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la comunión con Dios y también de la comunión y reconciliación de los hombres entre sí» 72 . Y en otro pasaje afirma también: «la Iglesia en cuanto una y única es como sacramento, es decir, signo e instrumento de la unidad, de la reconciliación, de la paz entre los hombres, las naciones, las clases y las razas» 73 . El Papa Juan Pablo II dice que en el Cuerpo de Cristo «debe realizarse en plenitud la reconciliación y la comunión» 74 .
Tanto Pablo VI 75 , como Juan Pablo II 76 han profundizado sobre la dimensión sacramental de la Iglesia uniendo sus aspectos de comunión y reconciliación. También el documento de Santo Domingo ha puesto en un lugar central de su desarrollo eclesiológico el concepto de sacramento destacando sus dimensiones de comunión y reconciliación.
Así, pues, los ricos conceptos de sacramentalidad, comunión y reconciliación son como antorchas fulgurantes que nos ayudan a profundizar en el misterio de la Iglesia y tomar conciencia de sus alcances.

11. Vivir el Concilio de cara al Tercer Milenio

Para nadie es novedad que después del Concilio sobrevino una enorme crisis cuyos ecos intensos aún se mantienen vivos, afectando a la vida y a la misión de la Iglesia. Precisamente por ello se ha hecho necesaria la convocatoria a una ardorosa y Nueva Evangelización.
Al poner de relieve la bendición que constituye el Concilio Vaticano II y el valor fundamental de sus documentos --como en este caso la Lumen gentium--, no nos situamos en una perspectiva ingenua. Nada de eso. Precisamente, es un tópico común afirmar que la "crisis" surgió con el Vaticano II, no a causa de éste. Y es verdad. No es el Concilio el que genera la "crisis", ella estaba ya latente lista para explotar. Más bien el Concilio se adelanta con su respuesta de "renovación en continuidad" para dar un horizonte y brindar salidas a la crisis. El problema es previo al Concilio, y lamentablemente avanza a pesar del Concilio, nunca a causa de él, como es obvio.
Ver así el Concilio, permite comprenderlo mejor, y descubrir sus ricas virtualidades, muchas aún esperando implementarse, y también permite conocer cómo es que se le achaca una culpa que jamás tuvo. La crisis antecedente se expresa en la reacción de aquellos que por apegarse a los rasgos accidentales del recorrido histórico de la Iglesia se muestran reacios a aceptar el Concilio, y ella va pareja con otra expresión, la de aquellos que carecen igualmente de una óptica realista, y se mueven en lo superficial, confundiendo lo accidental con lo fundamental, y quieren arrasar con todo lo que les parece no conforme a sus imágenes subjetivas de la Iglesia, ignorando la realidad ónticamente fundante del misterio de la Iglesia. Los cambios y reformas no pueden aplicarse «ni a la concepción esencial, ni a las estructuras fundamentales de la Iglesia católica» 77 , enseñaba en su momento el Papa Pablo VI.
Por lo dicho se ve que la "crisis" que ya estaba presente se expresa con ocasión de la recepción e interpretación del Concilio 78 , precisamente porque él es portador de una recta visión que busca responder a los problemas de los creyentes y en general de la humanidad en horizonte de presente y futuro. El mostrar con claridad las inconsecuencias existentes en muchos, es fruto de la luz que arroja sobre la marcha de la comunidad. La guía es clara. La respuesta está librada a la libertad de cada cual.
El hoy Cardenal Ratzinger, hace veinticinco años se preguntaba: «¿Cómo se ha podido llegar a una tan extraña situación de confusión en el momento en que se esperaba un nuevo pentecostés? ¿Cómo ha sido posible que precisamente cuando el concilio parecía recoger los frutos maduros de los últimos decenios, esta plenitud haya dado paso de repente a un vacío desconcertante? ¿Qué ha sucedido para que del gran impulso hacia la unidad haya surgido la disgregación?» 79 . Años después, Hans Urs von Balthasar ofrecía una respuesta con la que convengo plenamente: «Es lástima que los años posconciliares no parecen haber entendido toda la magnitud del programa (del Concilio), que, desde luego, sólo puede percibirse desde la óptica de su unidad» 80 .
Hoy se hace indispensable recuperar la visión unitaria y comprender al Concilio en su integridad y en su sentido auténtico. Para ello la Lumen gentium, desde su perspectiva central de columna vertebral, permite apuntar algunas líneas de acción para acometer con mayor ardor y eficacia las tareas de la Nueva Evangelización. ¿Cómo, pues, no valorar y agradecer la realización del Concilio y de sus documentos?
1. La primera es tomar viva conciencia de la propia identidad, de lo que significa ser miembro de la Iglesia, ser hijo de la Iglesia. De aquella que es vista por la Constitución en una perspectiva que ofrece desde la profundidad dogmática un claro marco pastoral para aproximarse al ser humano de hoy, en el dinamismo de una Iglesia que se sabe convocada para la misión, para anunciar la Buena Nueva del Señor Jesús, y que está llamada a ser signo e instrumento de unidad, fermento de comunión y reconciliación para todos los seres humanos, viviéndolos en sí misma.
2. La segunda, a partir de la conciencia del horizonte del designio divino y de la distancia que de él nos separa, buscar efectivamente, poniendo los medios proporcionales y adecuados, acercarnos a ese ideal en la concreta existencia temporal 81 , buscando erradicar cuanto constituye obstáculo para la realización del Plan divino y la libre cooperación a él.
Así, pues, se trata de asumir un programa de renovación personal y colectiva tomando realmente en serio la vocación universal a la santidad, y la gran responsabilidad de las exigencias de sacramentalidad en la propia vida y en la vida de la comunidad eclesial.
En esto último, resulta fundamental recordar la comunión en torno a la verdad, a la fe de la Iglesia, aspirando a dar ante el mundo el testimonio de unidad al que nos invita el Señor Jesús.
3. Tercera. Inserción en el mundo, pero desde la propia identidad eclesial. Presencia, sí, pero sin confusión. Una vez más, el tema fue extensa y orientadoramente tratado por Pablo VI en su encíclica programática Ecclesiam suam, a la que se debe recurrir como uno de los instrumentos fundamentales para comprender bien el Concilio.
El dinamismo del mundo moderno nos lleva a prestar excesiva atención al momento que vivimos. Y nos olvidamos que ese momento es parte de una secuencia, que tiene antecedentes, en los cuales se funda y se basa, y que tiene proyecciones, hacia las cuales se dirige. No podemos jamás --para poder ser nosotros mismos, para poder ser personas conscientes, para poder ser consecuentes hijos de la Iglesia-- olvidar las propias raíces. Tenemos que partir de ellas. Y a la luz de ellas y en su dinamismo vivir el momento presente y proyectarnos hacia el futuro. Lo demás no tiene sentido. Es un absurdo. Precisamente, debemos recuperar la dimensión de historia en nuestras propias realidades personales y en nuestra realidad eclesial. Por allí está el camino para vivir la propia identidad, y ser coherentes con ella.
4. Cuarta. Asumir en serio la misión evangelizadora. La convocatoria incesante del Papa Juan Pablo II y de los Pastores latinoamericanos para una Nueva Evangelización brota del dinamismo de la reconciliación obrada en el Señor Jesús y que invita a la efusión gozosa de esa experiencia de encuentro con Dios y al anuncio de que sólo hay un salvador y portador de vida: el Señor Jesús.
Si no se parte de estas convicciones y del esfuerzo por cooperar con la gracia para responder, desde el núcleo de nuestro ser, a ese testimonio de vida cristiana y a ese anuncio, la Nueva Evangelización no será. Cada uno de nosotros tiene una tarea que cumplir, tiene una misión que debe asumir con coherencia, a pesar de las propias debilidades, confiando en la gracia de Dios, cooperando siempre con esa gracia de Dios, para cumplir con su Plan, para responder al horizonte que en cada tiempo aparece y que hoy tenemos ante nosotros con el nombre de Nueva Evangelización.

La Virgen María y la Nueva Evangelización

Llegando al final de esta rápida reflexión sobre la Lumen gentium, he querido culminar como lo hace la magna Constitución, refiriéndome a la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia.
El hermoso capítulo VIII que la Constitución dogmática dedica a Santa María es como la culminación de lo dicho, destacando las profundas relaciones entre la Virgen Madre y la Iglesia a quien dedica intensos pasajes tan cargados de enseñanzas como bellamente expresados.
Al proclamar a María Madre de la Iglesia, es decir de todo el Pueblo de Dios, el Papa Pablo VI lo hace con una reflexión de la que citamos un significativo párrafo: «La realidad de la Iglesia ciertamente no se agota en su estructura jerárquica, en su liturgia, en sus sacramentos, ni en sus ordenamientos jurídicos. Su esencia íntima, la principal fuente de su eficacia santificadora, se debe buscar en su mística unión con Cristo; unión que no podemos pensarla separada de Aquella que es la Madre del Verbo Encarnado, y que Cristo mismo quiso tan íntimamente unida a Él para nuestra salvación. Y ciertamente que debe encuadrarse en la visión de la Iglesia la contemplación amorosa de las maravillas que Dios ha obrado en su Santa Madre. Y el conocimiento de la doctrina verdaderamente católica sobre María será siempre la clave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia» 82 .
Así, pues, hay tantas razones para acercarse con amor filial al misterio de la Virgen María. En este caso resulta fundamental para profundizar en las orientaciones del Concilio, y en particular para vivir el horizonte de realización eclesial y de Nueva Evangelización al que estamos todos llamados. Pongamos estos propósitos en las manos de Aquella que hoy podemos llamar con confianza Santa María de la Alborada de la renovada evangelización de nuestras tierras americanas.

Ver Sínodo extraordinario de 1985, Relación final, I, 2.
Un hecho muy importante es la Nota explicativa previa dada pocos días antes de la aprobación de la Lumen gentium y que figura como una especie de apéndice de la Constitución.
S.S. Pablo VI, Discurso en la sesión del Concilio del 21 de noviembre de 1964, 10. En aquella misma ocasión finaliza su intervención con una hermosa plegaria a María, Madre de la Iglesia.
S.S. Juan XXIII, Ecclesia Christi lumen gentium, 3.
Allí mismo, 4.
Lug. cit.
Ver lug. cit.
S.S. Pablo VI, Ecclesiam suam, 5. Ver el contexto para comprender mejor el acento sobre la prioridad de esta conciencia de la Iglesia sobre sí misma.
Allí mismo, 14.
Allí mismo, 26. Nuevamente el contexto ayuda para comprender mejor el sentido, en particular la lectura desde el n. 24 en adelante.
Allí mismo, 27.
Así lo afirmaba el entonces Cardenal Karol Wojtyla en su importante libro sobre la aplicación del Concilio Vaticano II, La renovación en sus fuentes. Hablando de la Lumen gentium dice: «Esta Constitución constituye, en cierto sentido, la clave del pensamiento conciliar en su totalidad. En ella volvemos a encontrar también el conjunto de los caminos del enriquecimiento de la fe, que parten del Vaticano II hacia el futuro» (La renovación en sus fuentes, BAC, Madrid 1981, p. 27).
S.S. Juan Pablo II, La Constitución "Lumen gentium", piedra angular del magisterio conciliar, 22/10/1995, 1.
Gérard Philips, La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II. Historia, texto y comentario de la Constitución "Lumen gentium", Herder, Barcelona 1968, t. I, p. 11.
Ver la introducción que hace Olegario González de Cardedal a la nueva traducción de la Lumen gentium de la BAC, p. 5.
Lo cual no quiere decir que se agote en la Lumen gentium toda la eclesiología del Concilio Vaticano II. La lectura atenta de los demás documentos revela también importantes desarrollos eclesiológicos que aunque están en sintonía con la Lumen también son aportes, desarrollos y complementaciones.
Hay unas cien citas de la Lumen gentium en los demás documentos del Concilio, lo que constituye un indicio de su influjo, aunque obviamente ése no es el único medio de medirlo. Una rápida cuenta --no exhaustiva-- da que la Gaudium et spes la cita 14 veces; Christus Dominus 7 veces; Optatam totius 8; Gravissimum educationis 4; Nostra aetate 1; Apostolicam actuositatem 16; Ad gentes 35; Presbyterorum ordinis 12.
Cardenal Henri de Lubac, Diálogo sobre el Vaticano II. Recuerdos y reflexiones, BAC, Madrid 1985, p. 26.
Justo Collantes, La Iglesia de la Palabra, t. I, BAC, Madrid 1972, p. 64. La frase completa dice: «Puede, ciertamente, afirmarse que la Constitución sobre la Iglesia es el documento central del Concilio Vaticano II».
Discurso del 5 de diciembre de 1962.
Principalmente el mensaje radial de S.S. Juan XXIII, Ecclesia Christi lumen gentium, del 11 de setiembre de 1962. El discurso del Cardenal L.J. Suenens es del 4 de diciembre de 1962.
Pablo VI afirmaba en el discurso durante la cuarta y última sesión del Concilio Vaticano II, el 7 de diciembre de 1965: «Se dirá que el Concilio, más que de verdades divinas, se ha ocupado principalmente de la Iglesia, de su naturaleza, de su composición, de su vocación ecuménica, de su actividad apostólica y misionera. Esta secular sociedad religiosa, que es la Iglesia, ha tratado de realizar un acto reflejo sobre sí misma, para conocerse mejor y para disponer consiguientemente sus sentimientos y sus preceptos. Es verdad. Pero esta introspección no tenía por fin a sí misma, no ha sido acto de puro saber humano ni sólo cultura terrena: la Iglesia se ha recogido en su íntima conciencia espiritual, no para complacerse en eruditos análisis de psicología religiosa, o de historia de su experiencia, o para dedicarse a reafirmar sus derechos, o a formar sus leyes, sino para hallar en sí misma, viviente y operante en el Espíritu Santo, la Palabra de Cristo y sondear más a fondo el misterio, o sea el designio y la presencia de Dios, por encima y dentro de sí, y para reavivar en sí la fe, que es el secreto de su seguridad y de su sabiduría».
Ver S.S. Pablo VI, Ecclesiam suam, 3 y 14ss; también ver Lumen gentium, 48.
Ver S.S. Pablo VI, Ecclesiam suam, 19; también Aggiornamento ¿cómo?, 6 de setiembre de 1963.
«El sacrosanto Concilio se propone acrecentar cada vez más la vida cristiana entre los fieles, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover cuanto pueda contribuir a la unión de todos los que creen en Cristo y fortalecer todo lo que sirve para invitar a todos al seno de la Iglesia» (Sacrosanctum Concilium, 1).
Ver Heb 13,8.
Son interesantes las palabras del Papa Juan XXIII en el discurso en la inauguración del Concilio Vaticano II hablando de la manera de impulsar la doctrina de la Iglesia que había fijado como tarea principal del Concilio: «Esta doctrina es, sin duda, verdadera e inmutable, y el fiel debe prestarle obediencia, pero hay que investigarla y exponerla según las exigencias de nuestro tiempo. Una cosa, en efecto, es el depósito de la fe o las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta es el modo como se enuncian estas verdades, conservando, sin embargo, el mismo sentido y significado. Hay que darle mucha importancia a la elaboración de ese modo de exponerlas y trabajar pacientemente si fuera necesario. Hay que presentar un modo de exponer las cosas que esté más de acuerdo con el Magisterio, que tiene, sobre todo, un carácter pastoral» (Juan XXIII, Discurso de inauguración del Concilio Vaticano II, 11/10/1962 --en BAC, p. 1095--).
Cardenal Karol Wojtyla, La renovación en sus fuentes, ob. cit., p. 27.
Lumen gentium, 1.
Lc 1,79.
Lc 2,32.
Jn 1,4. Ver Jn 1,9; 3,19; 8,12; 12,46; Mt 4,16.
Lumen gentium, 1.
«Toda la importancia de la Iglesia se deriva de su conexión con Cristo» (Sínodo extraordinario de 1985, Relación final, II, A, 3).
Ef 5,8.
Ef 5,8. «La Madre Iglesia... anima a sus hijos a purificarse y renovarse para que la señal de Cristo brille con más claridad en el rostro de la Iglesia» (Lumen gentium, 15).
Lumen gentium, 1.
«El anuncio sobre la Iglesia, como lo describe el Concilio Vaticano II, es trinitario y cristocéntrico» (Sínodo extraordinario de 1985, Relación final, II, A, 2).
Ver Lumen gentium, 2.
Ver Lumen gentium, 3.
Ver Lumen gentium, 4.
Lug. cit.
Ver Lumen gentium, 17.
S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14. El resto de este hermoso pasaje dice: «Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa» (n. 14).
Hans Urs von Balthasar, Puntos centrales de la fe, BAC, Madrid 1985, p. 86.
Ver Lumen gentium, 14.
Ver Lumen gentium, 15.
Ver Lumen gentium, 16.
Ver un sucinto ensayo de este procedimiento en el art. Vatican Council II de Joseph A. Komonchak, en The New Dictionary of Theology, Liturgical Press, Collegeville, 1074ss.
En el Catecismo (n. 753) se dice: «En la Sagrada Escritura encontramos multitud de imágenes y de figuras relacionadas entre sí, mediante las cuales la revelación habla del Misterio inagotable de la Iglesia. Las imágenes tomadas del Antiguo Testamento constituyen variaciones de una idea de fondo, la del "Pueblo de Dios". En el Nuevo Testamento (ver Ef 1,22; Col 1,18), todas estas imágenes adquieren un nuevo centro por el hecho de que Cristo viene a ser "la Cabeza" de este Pueblo (ver LG 9), el cual es desde entonces su Cuerpo. En torno a este centro se agrupan imágenes "tomadas de la vida de los pastores, de la agricultura, de la construcción, incluso de la familia y del matrimonio" (LG 6)».
Cardenal Joseph Ratzinger, Teoría de los principios teológicos, Herder, Barcelona 1985, p. 62.
Hablando de los conceptos de sacramento y Pueblo de Dios el Cardenal Ratzinger afirma: «Según la intención del Concilio, cada una de estas dos expresiones debía ser complemento de la otra. En efecto, el concepto de Pueblo de Dios sólo tiene sentido pleno desde el telón de fondo del concepto de sacramento» (allí mismo, p. 51). Y en otro pasaje señala hablando de la poca resonancia que había tenido el concepto de sacramento en muchos ambientes en los que se había difundido ampliamente el de Pueblo de Dios: «Tal vez la palabra sacramento como denominación de la Iglesia quede circunscrita, por diversas razones, a la lingua docta, al lenguaje especializado de los teólogos. Pero si también el contenido de la palabra sigue siendo esotérico, entonces el concepto aislado de Pueblo de Dios sólo sería una caricatura de la eclesiología conciliar. Norbert Lohfink ha mostrado cómo ya en el Antiguo Testamento "Pueblo de Dios" no era una simple denominación del pueblo de Israel en cualquier situación, sino que se utilizaba exclusivamente para designarlo en el acto de ser interpelado por Dios y de la respuesta a esa llamada. Y lo mismo acontece también en el Nuevo Testamento. En sí misma, la Iglesia no es un pueblo, sino una sociedad extremadamente heterogénea. El "no pueblo" sólo puede convertirse en pueblo en virtud de aquello que lo unifica desde arriba y desde el interior: por obra de la comunión con Cristo. Sin esta mediación cristológica, la autodenominación de Pueblo de Dios es arrogancia, si no ya incluso blasfemia. Y así, una de las tareas hoy decisivas en la elaboración y estudio de la herencia conciliar consiste en explorar de nuevo el carácter sacramental de la Iglesia y, de este modo, abrir los ojos a aquello que es lo verdaderamente importante: la unión con Dios, que es condición de la unidad y la libertad de los hombres» (allí mismo, p. 62).
Sínodo extraordinario de 1985, Relación final, II, A, 3; ver S.S. Pablo VI, Discurso de apertura de la segunda sesión, 29 de setiembre de 1963, («Profundizar la definición de la Iglesia»).
Ver Lumen gentium, 9ss.
Lumen gentium, 13.
Ver Ef 4,1-6.
Lumen gentium, 50.
Lumen gentium, 1.
El Catecismo de la Iglesia Católica precisa el sentido del término sacramento de la siguiente manera: «La palabra griega "mysterion" ha sido traducida en latín por dos términos: "mysterium" y "sacramentum". En la interpretación posterior, el término sacramentum expresa mejor el signo visible de la realidad oculta de la salvación, indicada por el término mysterium. En este sentido, Cristo es Él mismo el Misterio de salvación: Non est enim aliud Dei mysterium, nisi Christus ("No hay otro misterio de Dios fuera de Cristo", San Agustín, ep. 187, 34). La obra salvífica de su humanidad santa y santificante es el sacramento de la salvación que se manifiesta y actúa en los sacramentos de la Iglesia (que las Iglesias de Oriente llaman también "los santos Misterios"). Los siete sacramentos son los signos y los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo. La Iglesia contiene por tanto y comunica la gracia invisible que ella significa. En este sentido analógico ella es llamada "sacramento"» (Catecismo de la Iglesia Católica, 774).
Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1980, p. 163. Ver en línea semejante Lumen gentium, 8. Se puede ver también la obra de Otto Semmelroth, anterior al Concilio: La Iglesia como sacramento original, Dinor, San Sebastián 1963.
Como señala G. Philips: «sólo Cristo es el sacramento fundamental; la Iglesia no lo es sino como asociada» (G. Philips, La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, ob. cit., t. I, p. 93).
Col 1,15. Ver también Jn 14,9.
Ver Rom 8,17 y 2Cor 5,18-21.
Al hablar de sacramento se tiene en mente el concepto tradicional de sacramento como signo eficaz de gracia instituido por Cristo, pero de manera análoga --ni unívoca, ni equívoca--. Por eso en el primer numeral de la Lumen gentium, en el trascendental pasaje donde se presenta a la Iglesia como sacramento, signo e instrumento, se añade un cuidadoso como --veluti en el latín original-- para indicar que no se trata unívocamente de un sacramento sino que se está utilizando una analogía para expresar el carácter de signo e instrumento que es la Iglesia. Es muy ilustrativa la opinión del Cardenal Ratzinger sobre el particular: «Podríamos decir que los siete sacramentos no son ni posibles ni concebibles sin el sacramento uno de la Iglesia. Sólo son inteligibles como realizaciones concretas de lo que la Iglesia es en cuanto tal y totalmente. La Iglesia es el sacramento en los sacramentos; los sacramentos son modos de realizarse la sacramentalidad de la Iglesia. La Iglesia y los sacramentos se interpretan mutuamente» (Teoría de los principios teológicos, ob. cit., p. 54).
«El concepto de comunión (koinonía), ya puesto de relieve en los textos del Concilio Vaticano II, es muy adecuado para expresar el núcleo profundo del misterio de la Iglesia y, ciertamente, puede ser una clave de lectura para una renovada eclesiología católica» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio, 28/5/1992, 1).
Sínodo extraordinario de 1985, Relación final, II, C, 1.
Ver Lumen gentium, 4. Ver también los nn. 8, 13, 14, 15, 18, 21, 24, 25.
Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio, 28/5/1992, 3.
«La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión con el Padre en el Espíritu Santo: el Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para que den "mucho fruto" (Jn 15,5.8.16)» (Catecismo de la Iglesia Católica, 737).
Lumen gentium, 36.
Ver Lumen gentium, 6c.
Sínodo extraordinario de 1985, Relación final, II, A, 2.
Allí mismo, II, C, 2.
S.S. Juan Pablo II, Ut unum sint, 6.
Ver S.S. Pablo VI, La reconciliación dentro de la Iglesia, 8/12/1974.
Ver S.S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia. Se puede ver también: Reconciliación. Magisterio de Juan Pablo II para América Latina, Vida y Espiritualidad, Lima 1992.
S.S. Pablo VI, Ecclesiam suam, 17.
El Papa Pablo VI, en un discurso al Colegio de Cardenales sobre la renovación postconciliar, el 24 de junio de 1967, apunta a estas distorsiones diciendo: «Y, a fin de no faltar a Nuestro deber doctrinal y pastoral, muchas veces hemos tenido que rectificar --mediante Nuestros discursos-- las tendencias enderezadas a interpretaciones inexactas y arbitrarias de las enseñanzas conciliares, y estimular el sentido de una pura ortodoxia hacia la auténtica doctrina de la Iglesia, recomendando, por esta misma razón, la imprescindible necesidad de un continuado cotejo y de una leal adhesión al magisterio eclesiástico, en el que debe reconocerse el carisma de una perenne y activa asistencia del Espíritu que anima a la Iglesia y que es Maestro de cada verdad revelada» (n. 8).
Joseph Ratzinger, ¿Por qué permanezco en la Iglesia?, en Hans Urs von Balthasar y Joseph Ratzinger, ¿Por qué soy todavía cristiano? ¿Por qué permanezco en la Iglesia?, Sígueme, Salamanca 1974, p. 59. La versión original en alemán es de 1971.
Hans Urs von Balthasar, Puntos centrales de la fe, ob. cit., p. 101.
Ver S.S. Pablo VI, Ecclesiam suam, 14.
S.S. Pablo VI, Discurso en la sesión de Clausura de la III etapa del Concilio, 21 de noviembre de 1964, 9.